Por Federico Arreola

“Creo que soy un hombre bueno”, dijo Aníbal Troilo, que no se consideraba un músico, sino nada más un tanguero. Alguna vez platicó en entrevista periodística, que si hubiera sabido de música lo que sabía Piazzolla, tal vez habría sido otro Beethoven. No era un genio, eso no, pero compuso, con Homero Manzi, el bellísimo tango Sur, que termina con una expresión que me entristece: “… y amargura del sueño que murió”.

Cuando un sueño se acaba, surge la terrible angustia. Por fortuna, algunos sueños no se extinguen: se convierten en realidad. La maravilla, el milagro aparece si el sueño que se ha hecho realidad es el de un hombre bueno. Es la razón por la que debemos estar optimistas. Un hombre realmente bueno, López Obrador, soñó que podía darle a México un gobierno sin corrupción. Durante años ha trabajado intensamente para hacer posible la utopía. A unos meses de su llegada al poder político, estamos comprobando que era posible eliminar los arreglos corruptos en la administración pública.

¿Que la higienización de la vida comunitaria de nada está sirviendo porque la economía no crece? Crecerá, claro que sí. Como ha dicho Andrés Manuel, los economistas dejaron de incluir en sus análisis la variable de la corrupción. Hubo un tiempo en el que se afirmaba, más o menos con cinismo, que la corrupción volvía eficiente al sistema. Entonces se hizo famoso un chiste, el del funcionario que preguntaba al ciudadano apurado por concretar un trámite: “¿Qué prefiere usted, renovación moral de la sociedad (esto es, que el papeleo se eternizara) o simplificación administrativa (resolver el asunto en minutos a cambio de una mordida en efectivo)?”.

Quizá era cierto: hasta cierto nivel, digamos controlable, la corrupción aceitaba a una maquinaria gubernamental mal diseñada y excesivamente burocratizada. Pero la corrupción creció tanto que terminó por inundar y enlodar a todo el aparato que, por lo mismo, dejó de funcionar.

Con la limpieza acelerada que ha significado el arranque del sexenio del presidente López Obrador, no hay duda de que volverá a ser eficaz el gobierno de México. Este hecho, necesariamente se traducirá en un sistema económico más competitivo y, por lo mismo, más productivo. Ello hará posible que el crecimiento —además del desarrollo— se acelere en un plazo que no será largo, al margen de los augurios de expertos tecnócratas incapaces de entender el efecto absolutamente dañino de la corrupción.

@FedericoArreola

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