Por Eloy Garza González

Señor Presidente Andrés Manuel: no lo conozco, y no tengo pensado conocerlo el resto del sexenio. Usted tiene que resolver asuntos públicos de suma importancia y yo tengo que ganarme el pan, como cualquier hijo de vecina, trabajando en mis cosas personales, de medio pelo. Pero esta sana distancia me permite decirle mis impresiones con imparcialidad, sin corajes gratuitos y sin lambisconeadas que hacen peor daño. Es mejor así.

Le diré, para abrir boca, que últimamente lo he visto fastidiado, Andrés Manuel. Harto de cómo el aparato público no avanza, o camina lentamente o está paralizado por la burocracia. Lo siento reiterativo con la cantaleta de volvernos honestos a todos los mexicanos, a la de a huevo, como si bastara con eso. Lo percibo necio (la palabra le gusta), con abordar sólo la epidermis de los asuntos públicos, o sea, nada más por encimita.

Entiendo que como político que es (y de los buenos, no del montón), está obligado a hacerse notar, a subrayar su anatomía, como si fuera el Monumento a la Revolución o al menos una de las estatuas solemnes que adornan la Avenida Reforma.

Usted, que era experto en dejar hablar a la gente, a los pobres, a los jodidos, está enfrascado en un soliloquio de alto riesgo. ¿Por qué? Se lo explicaré con el cuento de los dos prisioneros que inventó la filósofa Simone Weil: a ambos presos los divide un grueso muro. Con toquidos cada uno ha aprendido a comunicarse con el otro. Creen que el muro es un medio de comunicación cuando en realidad es sólo eso: un muro. Las mañaneras (a donde asisten reporteros, no el pueblo simple y llano) no suelen ser un puente sino un muro. No lo olvide, señor Presidente.

Los políticos (incluyendo los de Morena, no se moleste pero es la neta) creen que son receptivos a los demás seres humanos cuando en realidad los divide el muro impenetrable de sus protocolos imaginarios. O sea, están aislados de la gente ordinaria.

¿Y cuales son esos protocolos imaginarios, Andrés Manuel? Le enumeraré algunos, que quizá usted mismo los refleje, sin querer. Por ejemplo, querer imponer la imagen de usted por encima de los demás, suponer que el mundo gira alrededor suyo y soltar choros que son puros lugares comunes o frivolidades disfrazadas de  frases asertivas o ingeniosas que los otros merecen celebrarle. ¡Aguas con eso, Andrés Manuel! Son arenas movedizas.

Si reflexiona en esto, Andrés Manuel, todos los días, antes de las mañaneras, todavía acostado en su cama, estaría usted seguro de muchas menos cosas y por tanto, se afinaría su compresión hacia las debilidades ajenas. Si el don del desdoblamiento con sus semejantes que ha sido parte de su personalidad, la sigue reforzando, y no lo afloja (ya la aflojó de un tiempo a esta parte), se le aguzará su sentido de observación y resolverá el problema del muro de incomprensión que comienza a separarlo de nosotros, los mortales. No sea tan desconfiado, algunos no nos mueve más que el amor por México. No tenemos nada contra usted. Y tampoco nada a favor de usted, francamente.

Los políticos, Andrés Manuel, usted lo sabe mejor que nadie, suelen ser seres incompletos, mutilados psíquicos que compensan sus carencias emocionales jugando efímeramente a acumular poder. Y usted está rodeado de políticos. Eso que ni qué. Y los mexicanos estamos rodeados de políticos, comenzando por usted.

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