Por José Jaime Ruiz.

El matrimonio mal avenido entre el actor Enrique Peña Nieto y la actriz Angélica Rivera, que se mantuvo durante el sexenio por conveniencia mutua, terminó. La hija de Angélica, Sofía Castro, publicó en Instagram: “Y la disculpa…? Yo nomás digo…”.

¿Le debe una disculpa Enrique Peña Nieto a Angélica Rivera? No.

¿Le debe una disculpa Angélica Rivera a Enrique Peña Nieto? No.

¿Le deben “ambos dos” una disculpa a los ciudadanos del país? Sí.

Los contratos son contratos, se hacen y se deshacen. Pero aquí no estamos hablado de lo mercantil o lo civil, se habla de lo social. El engaño fue mayúsculo porque la “historia de amor” fue una plataforma política que ayudó a Peña Nieto a llegar a la Presidencia de la República.

La frivolidad se trató de imponer como modelo de vida pública; la corrupción, como modelo de vida. “La corrupción es cultural”, dijo y sostuvo el expresidente. Pudo haber dicho, de igual manera, que la impunidad es cultural.

Aborígenes de la civilización del espectáculo, Angélica y Enrique mantuvieron una relación de imágenes, lo suyo nunca fue el contenido, a pesar del testimonio de sus diferencias en sus viajes internacionales. Al fin y al cabo actores, no convivían: posaban.

En el México patriarcal, Angélica fue conscientemente usada. El universal masculino se impuso. Torciendo un poco a Sylviane Agacinski (Política de sexos, Taurus) existió una explotación política-mediática de Angélica. No se le mantuvo en casa para realizar trabajos domésticos, pero sí dependió durante seis años, financieramente, de Peña Nieto y sus compadres y amigos (Higa). Por supuesto, nunca existió una simetría en las funciones porque la relación fue siempre un invento, un engaño.

Publica Enrique:

Enrique Peña Nieto “libera” de su explotación política y mediática a Angélica Rivera.

¿Y la disculpa a los mexicanos? Yo nomás digo…

@ruizjosejaime

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