Por Jorge Narváez

En esta semana Aldo Fasci, secretario de Seguridad en Nuevo León, dio un mensaje de una situación que debería de haberse reglamentado desde hace muchos años: “Cobraremos a los clubes por la presencia de policías”.

Cada partido de futbol se destina un número considerable de elementos de seguridad y de auxilio de acuerdo con el estimado de una determinada cantidad de aficionados. Esto deja en desventaja a otros sectores de la población que realmente necesitan la presencia de los policías estatales o municipales.

Los clubes, al ser del sector privado, deberían de cubrir en su totalidad la seguridad de los asistentes a los estadios y de la situación de excepción que causan tanto en los servicios públicos como en la seguridad en buena parte de la ciudad, porque al final de cuentas es una empresa que obtiene ganancias millonarias por cada encuentro celebrado.

Aunque las directivas destinan recursos a las corporaciones policiacas, no es suficiente para corregir el descuido a la comunidad en general.

En este último Clásico Regio, que coincidió en una final internacional, orquestada por Concacaf, los ánimos del ambiente superaron a la autoridad (no tanto como en otras ocasiones, es verdad). Un muerto, casi una decena de detenidos, conatos de bronca y 45 reportes atendidos por la Cruz Roja, nos indican que todas las partes involucradas no estamos preparadas para vivir o disfrutar la verdadera razón del futbol: que es un espectáculo y, por lo tanto, está hecho para divertir.

Concacaf, “como Juan por su casa”, llegó a Monterrey exclusivamente para llevar a cabo el partido y se fue. La confederación sabía que para un juego de tal magnitud se necesita más que la creación de unos simples videos destacando la infraestructura de los estadios, el ambiente que se vive al interior de éstos, y del Cerro de La Silla (que ya no necesita de fama).

No se vio que los directivos de la confederación se involucrarán en el entorno de la final. No emitieron mensajes de concientización. No realizaron campañas para invitar a los aficionados a mantenerse a la altura del juego. Y, por si fuera poco, no permitieron que se entonara el Himno Nacional Mexicano, según ellos por las malas condiciones de la cancha; algo absurdo, después de todo el Himno Nacional es un canto de guerra y pasión, no necesita más escenario que un campo de batalla, y eso era el estadio BBVA esa noche.

Fasci Zuazua les pidió que ofrecieran una disculpa por eliminar del protocolo el acto de cantar las estrofas del símbolo patrio; quizá para algunos suena exagerado, una actitud oportunista de un político, pero pensándolo más detenidamente, sí, fue una falta de respeto a los mexicanos.

Para el siguiente torneo, la presencia de la policía estatal podría estar ausente y provocaría que el club sede tenga que destinar un recurso extra para la contratación de seguridad que pueda suplir la cantidad de los oficiales ausentes.

No lo sabemos aún, y sólo nos quedan dos posibles escenarios: que todo siga igual, y se quede como una de las tantas declaraciones del secretario de Seguridad, o que cumpla su advertencia y la violencia aumente ante la falta de autoridad.

Pero, ¿aguantarán los gobiernos estatal y municipales las consecuencias políticas de la ausencia de seguridad en los estadios?

Concacaf ya se fue. El problema es ahora nuestro.

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