Por Carlos Chavarría.

El Plan Nacional para el Desarrollo debería ser la especificación de directrices, estrategias y programas de acción que concretan la unión entre discurso político, demanda ciudadana y problemática técnica, y que les da certidumbre a todos los mexicanos al respecto de hacia dónde se dirige el país si no hacemos nada y lo que hará el gobierno para superar las circunstancias y mejorar la posición del país en todos los órdenes.

La magnitud de los problemas que nos aquejan obliga a que se agudice la visión de largo plazo y se abandonen paradigmas que ya no tienen sentido en el momento y entorno en el que nos encontramos.

Los paradigmas han sido la principal causa de los retrasos y avances en el desarrollo de la humanidad. Suena contradictorio, pero sin la adopción de paradigmas buenos y la ruptura selectiva y oportuna de los mismos, aun estaríamos sumidos en el oscurantismo, por ejemplo.

Un paradigma se forma cuando el cognos colectivo adopta un pensamiento y/o acción que funcionó, como algo que debería ser continuado y no cambiado porque creemos que ya se alcanzó el óptimo, y más allá no hay opciones innovadoras.

Nadie puede evitar ser sujeto de los paradigmas en tanto forman parte de la cultura que se transmite a cada uno en su tiempo susceptible de aprendizaje y por eso es difícil cambiar el estado del mundo sin cambio generacional en el liderazgo.

Para mejorar algo, se requieren observación y acciones que introduzcan cambios sucesivos en los procesos y tecnologías para que algún indicador del desempeño registre una mejora en su valor. Transformar es otra cosa.

Para transformar se necesita romper paradigmas. Nada se transforma porque se hable con insistencia de ello, mientras persisten en vigor los mismos o viejos paradigmas ocultos o ante los ojos de los que no han leído o vivido la historia que se cuenta según el líder del momento.

Regresar al mismo presidencialismo omnipotente que arruino oportunidades que no regresaran por más que se insista en ello, no es transformar, es nada más que un regreso a lo mismo que no funcionó.

El PND 2019-2014 no es sino una reiteración de las primeras 20 páginas del documento, que describen efectos con demasiado sesgo, debido a causas que no son la raíz de los problemas, pero que se asignan como verdaderas nada más por el compromiso de lo “políticamente correcto” de la geometría política discursiva que ahora nos pretende gobernar.

El PND es una redacción inteligente pues nadie podría estar en contra de tantas cosas buenas que se ofrecen alcanzar, pero en la grandeza de los propósitos se esconde la bajeza de estrategias que no se revelan.

Quizás sea destacable que, aunque pretende regresar a la vigencia del “estado de bienestar” en el apartado referente al desarrollo económico se pone especial cuidado en que la cota para el gasto público será la “estabilidad macroeconómica”, cosa que no es muy común en el orden de las preocupaciones de la “izquierda progresista latinoamericana”.

Para conseguirlo sin aumentar los impuestos, como también se ofrece, ahí sí que se tendrá que romper el paradigma de la informalidad, aunque no se apunta ningún incentivo concreto para aumentar la captación fiscal con la legislación actual.

Aunque se recurre a la competitividad y la productividad como argumento para impulsar el crecimiento de la economía, al mismo tiempo se toman decisiones de elevar salarios, pero sin motivarlos en esos dos temas, al igual que sin proponer los incentivos para mejorar el perfil de inversión en tecnologías diversas.

En virtud de que el PND sostiene que todos los males del país se originan en el “neoliberalismo” y la corrupción concomitante, los autores no ven la necesidad de proponer medidas para contener las presiones inflacionarias, como tampoco piensan en mejorar la eficiencia social del gasto y la inversión públicos.

Mejorar el perfil de la desigualdad es una gran meta. Otorgar un ingreso básico universal también es bueno. Para conseguirlo y sostenerlo sin comprometer la estabilidad macroeconómica el paradigma del desarrollismo financiero debe ser sustituido por una gran revolución paradigmática hacia la productividad de la mano de obra y eso solo puede ocurrir con educación y mejoras científicas y tecnológicas profundas y en esto el PND hace muy poco énfasis.

Podrá el presidente López Obrador ignorar y hasta despreciar los indicadores ortodoxos aplicables a la salud de la economía, pero lo que es innegable es que el país está estancado desde la crisis de 2007 y lo único seguro del PND son las transferencias desde el gasto público y hacia los hogares más empobrecidos, pero en cuanto a ruptura de paradigmas que impulsen el crecimiento hay bien poco que decir.

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