Por Carlos Chavarría.

En su afán de reelegirse, el discurso de Donald Trump es un arma de dos filos. Por el lado económico, está más que demostrado que la aplicación de aranceles a los productos que México exporta hacia los EEUU, aunque sería un desastre para nuestro país, los americanos también recibirían su parte del costo.

Pero la implicación más seria de la medida propuesta para obligar a que México se convierta en empleado antiinmigrante es el debilitamiento de la posición política regional que tanto ha favorecido a los americanos. Ahora sí que toda la izquierda latinoamericana tendría argumentos suficientes para reposicionarse frente a la ola derechista que recién empieza.

La declinación moral y material de la sociedad norteamericana se inicia desde los años 60´s del Siglo XX cuando su expansionismo económico los condujo por el camino de la depredación de decenas de países y muy en especial a los de América Central.

Entre la United Fruit Company, su heredera la United Brand Company y su vástago la Chiquita Brand, y los gobiernos espurios que financió en la región, los EEUU condujeron a las economías de esos pequeños países en la ruta de un pasivo insalvable en todos los temas, educación, salud, infraestructura, etc., que justifico la instauración de regímenes filo castristas. La respuesta de los EEUU fueron “los contras”, que hundió a Centroamérica en un baño de sangre.

El presidente López Obrador tiene razón, en que la única manera de frenar la migración es mediante un plan de inversiones en la región que mejore las condiciones de vida en aquellos países.

Así como en 1983 se alcanzó la paz, bajo la iniciativa de México y Colombia, que se logró a través del Grupo Contadora hasta llegar al Acuerdo de Esquípulas, ahora nuestro presidente debe formar otro grupo multilateral para promover la economía de los países más débiles.

El problema es que, en el fondo, no es la migración “ilegal” lo que preocupa al gobierno norteamericano: son las drogas. El calificativo de “ilegal” sobre la migración siempre ha significado mano de obra barata para ellos. Ese no es el problema.

Desde Guatemala y hasta Panamá, las sociedades centroamericanas son sociedades “narcas”, viven de las drogas, cuyo principal cliente son los americanos que se meten todo lo que les caiga cerca.

Toda Centroamérica es como el sureste mexicano: tierras pródigas pero infestadas por la demanda de drogas de los EEUU, que impiden la operación de negocios legítimos y la aplicación de algún tipo de gobierno.

Las drogas han sido la respuesta rápida de las sociedades para subsistir y los capos son gobiernos de facto para regiones enteras.

Aunque al Sr. Trump no le guste, México está haciendo lo que le corresponde. Trump quisiera que nuestro país formara parte de la Border Patrol de los EEUU y allá en Chetumal se construyera un muro para detener el flujo de migrantes que, tal como el Mar Mediterráneo en Europa, nada resolvería.

A México le corresponde ayudar a los pueblos hermanos de América Central en la medida de nuestras posibilidades, una especie de Plan Marshall, y a los norteamericanos les corresponde bajarle a su vicio por las drogas.

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