Por Félix Cortés Camarillo.

Ya ni el vino mitiga

las penas enormes que a mí me matan…

Javier Solís, Esta Tristeza Mía

En el origen de la civilización se encuentra el fenómeno de la migración. Sin ella no se hubiera poblado jamás el planeta ni hubiera florecido el motor del desarrollo económico, que es el comercio, ni el detonador de la cultura y las artes que es la transculturación. Paradójicamente, en el período en que la Humanidad está iniciando su fase de extinción como especie, la migración se manifiesta como su principal problema.

El desequilibrio de las relaciones sociales que devienen injusticia ha venido generando con una intensidad creciente diferencias profundas en el hemisferio sur, de manera especial en África y América. Ahí es donde el fenómeno de la explosión migratoria comenzó a decirle fuertemente al mundo que tiene un problema. Los pueblos del Magreb y del África Negra, especialmente, han invadido el Mediterráneo en su afán por llegar a las costas de Turquía, Grecia, España o Italia.

No en todos lados son bienvenidos. La emergencia de una derecha racista y xenófoba en las esferas del poder, ha cerrado sus puertas en muchos países europeos; extrañamente en los que sufrieron años de opresión y carencias como Hungría, Rumania o la República Checa. Gran Bretaña se cuece aparte, como ha sido costumbre histórica: la isla nunca se ha sentido realmente parte de Europa. Pero Europa está atemorizada por la invasión migratoria.

De una manera similar, los que se hacen llamar genéricamente americanos no se sienten parte de este continente. Por el contrario, América es para los americanos, como dice el slogan más popular de la política estadounidense. Si eso ha sido preocupante siempre y ha intensificado las constantes fricciones y tensiones del gobierno de los Estados Unidos con los países centroamericanos.

Hay dos constantes en esta triste realidad: uno, que la crisis migratoria que tiene ahora enfrentados a los gobiernos de México y los Estados Unidos no tiene remedio. A pesar de la disposición dócil del gobierno de la Cuarta República de evitar a toda costa un enfrentamiento con Donald Trump, ella solamente ha alimentado las ansias belicosas del presidente norteamericano que le sirven perfecta y eficientemente a los afanes por llevarlo a la reelección el año próximo. El otro es que esta crisis migratoria se traducirá inevitablemente en una crisis económica en la que las economías de los dos países saldrán perdiendo.

Como México y su economía depende en gran medida de los Estados Unidos, ni siquiera una actitud más gallarda por parte del gobierno mexicano sería un asomo de paliativo. Vendrán, que no nos queda duda, aranceles en la medida y el calendario que Donald Trump decida… Los granos para nuestras tortillas, la carne para nuestras mesas y sí, la gasolina, van a resultarnos más caras y los proyectos faraónicos y asistenciales irán apagándose lentamente. La imposición de aranceles vengativos a las importaciones de allá para acá serán pagados por los consumidores finales, esto es los mexicanos.

Y ni modo de culpar a la nueva administración de una miopía que se arrastra en nuestro país desde hace más de veinte años. Con el arribo del llamado neoliberalismo vino una apertura de los mercados de Canadá y Estados Unidos muy bienvenida para los mexicanos pero engañosa: nos condujo a una dependencia mayor con un solo mercado comprador y vendedor.

En lugar de buscar nuevos mercados en Sudamérica, Europa, Rusia o —desde luego— la China en proceso de capitalización, nos mantuvimos feudalmente fieles a un solo marido. Ahora estamos pagando las consecuencias.

Y ya ni llorar es bueno.

felixcortescama@gmail.com

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