Por Carlos Chavarría.

El presidente López Obrador debería estar muy preocupado por la calidad de la información que le entregan sus allegados. En cada ocasión que alguien se confronta con su imagen de la realidad, la conclusión del presidente siempre es la misma: “yo tengo otros datos”.

Es claro que el presidente confía y mucho en las gentes que le preparan la información, pero es también muy evidente que su forma o estilo de administrar ya se agotó.

El empleo, el crecimiento económico, la criminalidad, la salud, la corrupción y hasta en el sargazo, la realidad que le dicen sus datos es diferente a la que se observa por el resto de la comunidad.

Está bien que en esta administración el presidente se toma el riesgo de confrontarse todos los días con la sociedad en su mecánica de trabajo mientras en otras épocas se eludía el dar cifras o fijar plazos, pero debe hacerse con responsabilidad para evitar el desgaste de la figura presidencial.

Si como dijo Alfonso Romo, quién se precia de conocer a López Obrador, es muy ejecutivo, hace cosas, es un empujador nato, entonces razón de más para que cuide más la calidad de los datos que le entregan porque corre el riesgo de ser como el futbolista aquel que siempre metía gol, pero poco le importaba en que portería.

La cultura mexicana en general, se caracteriza por un terrible miedo a los datos duros y a diferencia de otros países miembros de la OECD, cuyos portales de transparencia ofrecen todos los datos descriptores suficientes y necesarios acerca de la gestión pública, en nuestro país existe la accesibilidad, pero los datos son del todo inútiles para explicar y clarificar con objetividad.

Si los datos contradicen la realidad observada o percibida entonces se está cultivando el sospechosismo y la desconfianza que tanto gusta a los mexicanos y que la oposición política del oficialismo, en cada época, ha sabido aprovechar al máximo, para luego repetir el ejercicio una vez que están en el poder, como es el caso de la actual administración.

Sin concordancia en los datos no es posible la administración. La administración es toma de decisiones y esta tarea no puede hacerse bien cuando es guiada por la sola intuición. Los riesgos por tomar decisiones sin datos son muy altos y la probabilidad de errar también.

Sin datos no hay control posible que funcione en la administración. Si tomar decisiones sin datos es malo tratar de controlar cualquier operación sin un cuadro de control sustentado en datos es perder el tiempo.

El presidente siempre usa la referencia de sus propios datos, pero nunca los ha mostrado e insiste en que él no miente y con eso debe ser suficiente para creerle, pero en esas condiciones es muy difícil, sino que imposible mejorar la credibilidad hacia su gestión y se acentúan las condiciones de incertidumbre que se despliegan por todos los lados en términos de malos pronósticos, cosa que también le molesta.

Sin datos nada se puede medir. El circulo más conocido en la administración es el de Deming (Planear-Hacer-Verificar-Actuar), que no puede cerrarse sin la verificación y esta no puede hacerse sin datos, y toda la administración sería un absurdo.

A manera de ejemplo, hace pocos días el presidente mencionó que él tenía a 458,000 jóvenes registrados en el programa de aprendices y que no se los habían contado como empleos, pero en el portal de la STPS no hay datos acerca de ese programa ni de los indicadores de control respectivos.

Esos son los datos que le dan al presidente sus ejecutivos o sus cuates, es irrelevante, pero las fuentes no se mencionan por ninguna parte ni son verificables.

El sólo hecho de intentar verificar en esta administración se considera como mínimo una crítica y hasta una conspiración para desprestigiarlos. Compartir datos siempre es mejor que reservarlos. Vivimos en el momento de las tecnologías de la información y la búsqueda de conocimiento a través de datos es la mejor manera de administrar con inteligencia.

No trasparentar los datos es promover la corrupción. La costumbre de ocultar los datos o distorsionarlos es el abono primario para que los funcionarios y el público piensen que se puede hacer de todo sin problema alguno pues no hay datos para sostener cualquier acusación.

El presidente asegura que él no miente, pero ocultar los datos y sus fuentes acerca de su gestión no sólo es mentir sino un esfuerzo deliberado de alguien para que la verdad nunca se conozca.

El presidente López Obrador ya debe hacer un lado los sin sentidos y paranoias que lo acosan y entender que es mejor reconocer que estamos mal cuando los datos dicen que estamos en el rumbo equivocado o vamos a pensar con el cinismo de Allan Greenspan quien aseguraba que si los pronósticos no coincidieran con la realidad, peor para la realidad.

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