Por Eloy Garza González.

Sor Juana Inés de la Cruz inventó en el siglo XVII su propio Facebook. Como todas las redes sociales, esta no se creó sola. Fue la confabulación de muchas mujeres, peninsulares y criollas, diseminadas por el mundo, o lo que como mundo particular constituía el vasto Imperio Español.

Como el Facebook que ahora conocemos, el de Sor Juana era un intercambio de post (villancicos, cartas, loas, autos sacramentales), chismes (la maledicencia palaciega que corría sobre los virreyes, sus frívolas cortes y los insufribles arzobispos), memes (poemas jocosos u obscenos como los cinco que escribió la propia Sor Juana para entretenimiento de estas señoras aristocráticas que eran muy morbosas e indecentes y que en sus obras aparecen como “Sonetos burlescos”), juegos de ingenio como #sonetochallenge (concursos epistolares entre monjas y aristócratas de Portugal, España y Nueva España para escribir el poema más soez o descarado con rigurosa métrica), viralizacion de imágenes (los retratos que se grababan en los libros y que se difundían en forma de relicarios de un extremo al otro del Atlántico). Sor Juana soltaba fake news como argüir en el prólogo de El Divino Narciso, que Huitzilopochtli era Cristo porque los indígenas comían de ambos altares el cuerpo del dios, uno en forma de amaranto y otro en forma de pan ázimo (la hostia).

Sor Juana era una influencer, quizá la más exitosa de su época. Desde su celda, encerrada en su cuarto a cal y canto, en la Orden de San Jerónimo, con su séquito de asistentes (porque Sor Juana era una monja muy rica) enderezaba o torcía el debate público, contrapunteaba a los obispos, se peleaba con los criollos de la Nueva España, opinaba sobre ciencia y artes, matemáticas y astronomía; se metía con figuras divinas y muchas terrenales. Todo, sin poner un pie en las calles de la capital de la Nueva España.

Para consumar este Facebook novohispano, Sor Juana no estaba sola. Las cuatro virreinas a las que aduló y cortejó, eran mujeres bien informadas, curiosas, que intercambiaban avances científicos, curiosidades intelectuales y placer por la poesía y sus dones, de Europa al Perú y de Alemania a Francia.

Tanto así, que crearon el equivalente en el siglo XVII de los grupos de WhatsApp. Jugaban a escribir entre todas, situaciones imaginarias de infidelidad, desengaños amorosos, traiciones ficticias del corazón: que si fulano amaba a mengana, pero mengana quería a zutano; que si tal cual amaba a tal cual pero tal cual no le correspondía. Entonces salían cosas como: “detente sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero”.

En esta red de estirpe femenina, no faltaba la reivindicación de los derechos de la mujer: “hombres necios qué acusáis a la mujer sin razón”. Y sobre todo Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Había para esta sororidad divertida y lúcida un motivo más o menos secreto: la Virreina María Luisa de Paredes, y antes Leonor de Carreto, grandes amigas cultísimas de Sor Juana, tenían más dinero que sus maridos, los Virreyes: ellas disponían y proponían, mandaban y juzgaban. Y con ellas, sus súbditas de la corte, y sus amigas cercanas, como Sor Juana.

¿Cómo acabó este Facebook femenino? Muy mal: el poder del arzobispo Francisco de Aguilar se impuso, y Sor Juana tuvo que abdicar del uso de su cabeza, se flageló moralmente (“yo la peor de todas”) y la pusieron a rezar y cuidar enfermos hasta su muerte. Sus obras completas no se imprimieron en vida, sin embargo, se difundieron en los villancicos (la música pop que se cantaba y bailaba en aquel entonces) casi en forma anónima, y pasaron a la cultura popular de la Nueva España. La Virreina, condesa de Paredes, sensible y culta, las sacó de contrabando e hizo publicar a escondidas en España estas bellezas del entendimiento. Por eso tenemos Sor Juana para rato.

@eloygarza