Por Carlos Chavarría.

Ahora que tenemos un gobierno que no le interesa el futuro tecnológico y más bien se inclina por aislarse de todo lo que implique modernidad, palabra que por otro lado ni siquiera es incluida en el discurso cotidiano de régimen, bien vale la pena cuestionarnos si este engendro que le llamamos gobierno no debería ser reconstruido en sus bases, habida cuenta de que se ha convertido, desde muchos ángulos, en un verdadero obstáculo para la marcha del país.

El gobierno no es sino la unificación de una serie de recursos, aparatos y procesos que resultaba conveniente que los realizara, por nuestra cuenta y mandato, una entidad, en lugar de cada conglomerado de personas buscásemos una solución a los problemas que no son comunes a todos.

La arquitectura del gobierno empezó desde la época precolombina y ha pasado por diversos estadios respondiendo ante la evolución del pensamiento socio político y los conceptos adoptados como desarrollo y progreso, así como su tropicalización.

En el mismo sentido, los procesos encargados al gobierno deben someterse a los ajustes que induce la evolución del estado de cosas en el mundo para poder mantener no sólo la competitividad, además una marcha armónica que aspire a mejores niveles de vida para todos.

La revolución del conocimiento a la que asistimos que es potenciada por las tecnologías de información nos permite concretar visiones que de otra manera serían imposibles de alcanzar, pero sólo ocurrirá si nuestro modelo de gobernanza se supera y es substituido por otro de más largos alcances, en el cual ya no tienen espacio el diferimiento burocrático y conveniente de los intereses de grupo que ahora padecemos.

El fenómeno que se le ha dado en llamar “la internet de las cosas”, no sólo impulsará un cambio superlativo en nuestras vidas, también permitirá eliminar muchos de los obstáculos a la productividad, porque ahora sí podríamos interactuar oportunamente con el suceso real.

La quinta generación de estándares de comunicación más las que le seguirán, ahora llamada 5G, ya trabaja sobre velocidades 10 o 20 veces superiores a las que imperan en la actualidad (la 4G). Esta evolución permitirá, entre muchas cosas, la operación de nuevos transductores a tiempo real de imágenes, videos, sonidos, y cambios de estado de diversos aparatos cuya operación fuera de estándares de diseño, en muchos de los casos justifica la presencia de “la autoridad” esto es, del gobierno.

Por ejemplo. Buena parte de los cargos aplicados con relación a los automóviles tienen buena parte de su justificación económica en la necesidad que existe de realizar inversiones para mantener actualizada y en buen estado la red de movimientos, así como inducir a un uso más racional del espacio público. Hasta aquí la teoría.

La realidad es que los cobros por placas, refrendos, tenencias, licencias, etc., no son sino cobros sin sentido económico y nada más son una fuente para el gasto genérico de los gobiernos.

Mediante la internet de las cosas será posible realizar los cobros por el uso real de la vía pública y así implicar en el sistema de precios las externalidades que se transfieren a todos los usuarios, aunque no tengan automóvil siquiera.

Bajo el nuevo enfoque de costos asociados al uso se acabaría con todas las distorsiones que se ocasionan por los procesos recaudatorios actuales del gobierno. Entonces una nueva obra vial sería pagada precisamente por los usuarios de la misma.

Por supuesto que la forma en que se usan esos recursos en la actualidad es también irracional, situación inducida por el modelo de gobernanza que opera, ya que no existe garantía de que lo capturado se destine a mejorar la condición de congestionamiento de la red de movimientos, así que entonces todos los procesos, públicos y privados, que giran en torno de la movilidad, deberán ser rediseñados y, por tanto, exigiría una mayor participación de la sociedad en los mismos y donde la burocracia del gobierno tiene bien poco que aportar.

Por supuesto que bajo el enfoque impulsado por la internet de las cosas se requerirán otro tipo de funcionarios dentro de nuevas unidades organizacionales con muy alta capacidad y ejecutividad, con un marco de políticas y reglas muy concretas y evaluaciones muy orientadas al resultado.

Claro que los políticos actuales buscarán oponerse a cualquier evolución tecnológica que haga peligrar sus anacrónicas facultades y procesos anquilosados pero la crisis económica que surgirá por los métodos de concepción y ejecución actuales no dejará otra alternativa.

Los límites del modelo de gobernanza que usamos en la actualidad y sus costos consecuenciales ya son insostenibles, como de hecho ya ocurre en la movilidad, la salud, la energía, la educación y por supuesto que en la seguridad, y el mejor y único aliado que tendremos será la tecnología y el conocimiento.

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