Por Félix Cortés Camarillo

El mayor productor de soya en el mundo es los Estados Unidos. Esa gramínea, que nunca pelamos en este país, es fundamental para la producción de aceites comestibles e industriales, elemento forrajero de primer orden y uno de los indicadores más potentes en las tablas de inversiones, ganancias, reservas e impactos económicos en el mundo. Los estados de la Unión Americana que entregan al mundo sus toneladas de soya son los que se encuentran en el cinturón agrícola del MidWest de los primos del norte. De ahí sale el maíz del que se hacen las tortillas de los mexicanos y que comen los puercos de Guanajuato.

El primer comprador de la soya de los Estados Unidos se llama China. El segundo es México. La República Popular China no tiene la capacidad tecnológica para producir la soya que consume su ganadería y su industria. Los agricultores mexicanos, aunque están muy conscientes del mercado que representa China para este cereal, han optado por otros cultivos que, aunque requieren tecnología, cuidado y mano de obra especiales, son más rentables. Los mexicanos prefieren cultivar y exportar aguacates en ciertas zonas y las llamadas berries. Las berries son simplemente las moras en sus diferentes denominaciones. Exportamos exquisitas fresas, frambuesas, cerezas, moras azules y de las otras, a una tasa de rendimiento mucho más alta que el mismísimo trigo, ya no digamos la soya.

Resulta que, como si fuésemos ricos, nos conviene más comprar soya barata y vender moras caras.

En esas ecuaciones se plantea la hoy llamada guerra comercial entre China y los Estados Unidos. Además de que China es el principal acreedor que los Estados Unidos tienen en el mundo, podría volverse a otros mercados en pos de proveedores de soya para sus necesidades, mandando a Trump por un tubo junto con sus anhelos de reelección que requieren los votos de los estados agrícolas.

Para eso hubiera sido necesario –aunque el hubiera no exista– que países como Brasil, México, Egipto la India y otros potenciales graneros del mundo se hubieran puesto de acuerdo para pintarle un violón al señor Trump.

Por eso no va a pasar nada y Trump repetirá en la Casa Blanca.

PILÓN.- Yo no quiero alterar percepciones en torno al conflicto que el presidente López ha tomado como suyo con la Policía Federal que no quiere transformarse en soldados con tareas de civiles, sueldo, prestaciones y condiciones de vida de tropa. No puedo, sin embargo, dejar pasar un hecho sobre el que nadie ha llamado la atención: ya llevamos unos cuantos días –¿les parece bien seis?– en que México no tiene policía federal. Todos andan en el paro, guardados en sus casas o en manifestación frente a las oficinas de Iztapalapa.

No sé ustedes, pero yo no he visto ni incremento ni disminución del número de crímenes registrados en todo el país.

Es lo malo de hacer una huelga: se corre el peligro de que todos se den cuenta de que eres prescindible; de que si no haces nada, nadie lo nota. O sea, que estábamos mejor cuando estábamos peor.

felixcortescama@gmail.com

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