Por Carlos Chavarría.

Todo el que critica o hace algún atisbo de juicio sobre la gestión del presidente López Obrador en automático se gana un lugar en el discurso de auto victimización y agresión que todos los días usa el presidente para mostrar que todos los que no lo aplauden es porque se oponen a su “4ª transformación”.

No importa el origen de las críticas, nada tiene que ver si es doméstica o extranjera, el efecto es el mismo, en su discurso efectista los que lo critican son cómplices del pasado porque en ese pasado nada dijeron, lo cual está más que demostrado que son sendas mentiras.

No hay gobierno que haya escapado al escrutinio público y a la crítica analítica o mordaz, pero todos los anteriores al igual que esta administración se refugian en el enorme poder que les otorga el presidencialismo mexicano que ya no da para más.

El discurso de López Obrador es una vacuna contra el fracaso de sus políticas. Cuando se profundicen los problemas, pero en especial la atonía económica debida a la paralización de las inversiones tendrá toda una galería de enemigos de la 4T para justificar ante su público porque las cosas no salieron bien.

En sus 40 años de activismo en política, primero como priista, luego perredista, para seguir como dueño de un partido político, tuvo la oportunidad de imaginar cientos de fórmulas discursivas para convencer a la gente de que las cosas estaban mal y de que la única opción era él.

En una suerte de existencialismo caduco, supone que, en el peor de los casos (que para él es el mejor), el mundo debe refundarse a partir de la destrucción total del anterior que es del todo corrupto y en su discurso se revelan enormes digresiones y luchas contra un mundo que ya no existe y que esta solo vigente en sus viejas visiones.

Es quizás un idealista que nunca tuvo el tiempo suficiente para diseñar una praxis que funcionara, y está atado por su discurso, que a fuerza de repeticiones y la insistencia en crear nuevos adversarios todos los días sin lograr que el mundo a su alrededor cambie, lo está orillando a expresiones cada vez más despóticas.

Por atacar a la plutocracia local y mundial; porque para el discurso del presidente López Obrador no hay límites ni geográficos ni temporales; pierde de vista a los cientos de miles de pequeños empresarios y millones de profesionistas independientes que van viendo como su horizonte de posibilidades se enrarece debido a la nula habilidad que tiene el presidente para unir y crear confianza en el futuro.

Su discurso incluye un manejo del odio social muy selectivo, pero odio al fin. Todo en su diatriba es maniqueo, blanco o negro, conmigo o en mi contra, la 4T o el vacío, los mafiosos o el pueblo bueno, los buenos y los malos, etc.

Maniobra entre las leyes y la justicia para eludir el cumplimiento de las primeras y sin rubor alguno se autocalifica como diferente a todos los que él critica esperando con ello indulgencia total y plena.

Los únicos datos en los que confía son los de él que nunca exhibe como tampoco sus fuentes. Desacredita con ello a las propias fuentes oficiales y no desaprovecha ocasión para socavar la credibilidad de los órganos de gobierno autónomos como cómplices del neoliberalismo.

Su discurso ya no convence ni a su mismo gabinete y los que han mostrado su desaprobación no tienen sino el camino de la renuncia.

El mundo entero está observando cómo se enquista en la vida de México una lógica sin sentido y destino sostenible, porque para que funcione un discurso distribuidor primero deben garantizarse las condiciones para crecer y crear riqueza.

Su propósito subyacente ya demasiado a la vista, el control total de la constitución para el 2021 ya se está arriesgando debido al peso de la economía real, esa que solo entiende de que se logren cosas buenas y no discursos destructivos y cargados de agresiones diversas que nada esperanzador producen.

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