Por Félix Cortés Camarillo.

Eye to eye stand winners and losers

Hurt by envy, cut by greed

Face to face with their own disilusions

The scars of old romances still on their cheeks

Banda Propaganda, Duel.

Como la Omertá, el código secreto de la mafia siciliana nunca estuvo plasmado en documento alguno, pero fue observado con rigor cierto, casi sin excepción. Me refiero al conjunto de usos y conductas que los presidentes de México debían seguir a partir del primer momento en que dejan el cargo, conjunto que se asemeja mucho a la Ley del Silencio siciliana.

El origen de la palabra omertá es más bien incierto. Algunos estudios nos envían al latín humilitas, que en el dialecto de la Italia meridional habría devenido umirtá, y de ahí el vocablo actual.

Lo cierto es que los ex presidentes de nuestro país –y entiendo que Luis Echeverría sigue vivo por allá en San Jerónimo Lídice– han rendido durante su vida post Los Pinos culto a la discreción; a una cierta humildad por lo menos en su vida pública. Poco se les ve en restaurantes o actos públicos y con excepciones, no hacen declaraciones.

La excepción mayor fue cuando Miguel de la Madrid Hurtado acusó a Carlos Salinas de Gortari, su sucesor en la Presidencia, de haberse prácticamente robado la mitad de la llamada partida secreta, una especie de millonaria caja chica que el presidente de México podía usar discrecionalmente hasta el sexenio pasado, en apariencia. La denuncia la hizo en mayo de 2009, en entrevista con Carmen Aristegui.

Prontamente, y en un acto vergonzante, que al mismo tiempo desvela y humilla los usos de los políticos mexicanos, los propios hijos del expresidente le obligaron a firmar un documento en el que se retractaba de lo dicho y atribuía su conducta a la debilidad extrema de su capacidad mental.

Menos de tres años después Miguel de la Madrid murió a los 77, de enfisema pulmonar y padecimientos renales, se dijo.

Los demás se han comportado con decoro más o menos aceptable. De los que no han fallecido, a Salinas se le ve muy poco; Zedillo vive fuera de México y no hay modo de que conceda entrevistas o aparezca en público, Vicente Fox desfila ocasionalmente en actos más bien de espectáculo y lástima, y Felipe Calderón se ha lanzado recientemente a organizar con su esposa un nuevo partido político.

El que no se ha medido es Enrique Peña Nieto.

Recién habiendo él entregado la banda presidencial a Andrés Manuel, los mexicanos nos enteramos de su divorcio de una popular actriz de televisión, deshaciendo un vínculo que la vox populi consideró seis años como de escenografía y fingimiento. Antes y después de ello, el expresidente se ha empeñado en hacer gala de su vida social acompañado en ridículos arrumacos públicos con una señora de no malos bigotes, que mi mujer dice que está guapísima.

Precedido de la fama de haber no solamente tolerado sino de haber propiciado la corrupción, Enrique Peña Nieto convertido en frívolo mal bailarín en videos difundidos, y ridículo galán madrileño en la portada de la revista Hola cubriendo de rosas a su actual novia, solamente logra que la irritación de los mexicanos hacia su persona se profundice. “¡Qué poca madre!”, es lo más moderado que he escuchado como comentario.

No me cabe la menor duda de que Enrique Peña Nieto es el principal propagandista en pro de la administración de Andrés Manuel López Obrador.

No lo tiene ni Obama.

PILÓN.- El desafío del presidente López a la Suprema Corte de la Nación no es cosa de niños, aunque lo pareciese. Está acusando, sin decirlo, de violación de la Constitución al tribunal supremo de la Nación, que no se ha disciplinado a la regla –claro, constitucional– de que nadie puede ganar más que el Presidente.

No son enchiladas; es síntoma de una crisis grave del Estado.

felixcortescama@gmail.com

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