Por Félix Cortés Camarillo.

“Cordero Pascual que quitas los pecados del mundo

Danos la paz”.

Es tanta la insistencia del presidente López en que él es todo lo contrario a sus antecesores, sin mencionar a Peña Nieto, claro, que cada vez más nos convence de que tiene hábitos muy asentados en su pasado priista.

En estos días la necesidad de que acuda a esas, sus raíces, se ha vuelto más marcada. El señor López Obrador necesita llevar al altar de la patria a un cordero de sacrificio que le dé, como le dieron a varios de sus antecesores, una entonces muy necesaria y hoy muy útil, legitimidad a sus mandatos

Sin ir más lejos, su repetidamente admirado Lázaro Cárdenas sólo pudo afianzarse en el poder cuando dio por concluido el llamado Maximato, cuando sacó del país a Plutarco Elías Calles, el último caudillo de la Revolución. Ahí comenzó una tradición ceremonial a medias, puesto que no todos la cumplieron. Otros, espectacularmente.

Luis Echeverría metió brevemente a la cárcel al ingeniero politécnico Eugenio Méndez Docurro, supuestamente por un desfalco millonario en los pesos de entonces; dicen los que dicen recordar, que quien fuera secretario de Comunicaciones y Transportes cometió algunos pecadillos con cierta dama haciéndole obsequios con cargo al erario.

José López Portillo trajo de la embajada de México en Moscú a su amigo, Jorge Díaz Serrano, para hacerlo senador y luego ordenar se hiciera su desafuero para meterlo al bote por andar comprando, como director de PEMEX, buques petroleros a sobreprecio. Suena familiar. Dícese sin embargo que en realidad ello obedeció a que Díaz Serrano se brincó las trancas de la carrera presidencial y estaba convencido que él sería el sucesor de su amigo López Portillo. De lo mismo estaba convencido Miguel de la Madrid.

El verdadero campanazo en este departamento lo dio Carlos Salinas de Gortari, por el tamaño del cordero pascual. Joaquín Hernández Galicia, un singular líder de los trabajadores petroleros para los que consiguió prebendas que ahora tienen a la empresa en quiebra, tuvo la osadía de decirle en un mitin a Carlos –toda humildad– que él no era el candidato de los petroleros a la presidencia. La Quina se fue a la cárcel y se acabó.

Lo que viene regresa, como dice la dialéctica. Luego de la tragedia del asesinato vil de Colosio, el heredero inesperado, Ernesto Zedillo, metió en su momento a la cárcel a Raúl Salinas, quién –según el plan de su padre– era el que había debido acceder a la presidencia, por el asesinato de su cuñado Ruiz Massieu, en una telenovela familiar, que incluye grabaciones de llamadas telefónicas y todo, y que nunca ha sido descifrada.

La maestra Elba Esther Gordillo, en su momento considerada como la real secretaria de Educación de este país, fue capturada en el 2013 en el aeropuerto de Toluca, al desembarcar. Era el inicio de la legitimización del gobierno de Peña Nieto, luego del majestuoso apoyo de los partidos –en el Castillo de Chapultepec– a las bien llamadas reformas estructurales, que lo fueron.

Andrés Manel López Obrador, muy en su estilo, le ha sacado la vuelta al dilema de seleccionar al borrego –puede ser chiva, dice la Biblia– del sacrificio. Pero de que necesita uno, lo necesita. Y lo tiene a la mano.

Hoy en México –y ciertamente es una competencia competida– no hay representante mayor de la corrupción en el ámbito político, sindical y social que Carlos Romero Deschamps.

La decisión, señor presidente, es suya. De nadie más.

PILÓN.- Yo no lo puedo documentar con certeza, pero creo recordar con agrado alguna de las instrucciones iniciales del presidente López, sobre el no sustituir las fotografías enmarcadas de Peña Nieto por una suya en cada oficina importante –todas– de la administración pública. No me consta, porque no acudo, pero creo que se cumple lo mandado. Y me gusta.

Me hizo recordar mis años jóvenes cuando Nikita Jruschov, en el vigésimo congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética decretó el final del culto a la personalidad de Stalin. Las estatuas resonaron al caer derribadas con más fuerza, porque eran más, que cuando en 1914 habían caído los monumentos al Zar de todas las Rusias, Nikolai.

Me hizo aplaudir, recordando más recientemente la caída de las estatuas de Saddam Hussein en las calles de Siria, de la Mesopotamia a Babilonia y más allá.

Pero a propósito de esta mierda que hicieron los corruptos integrantes del congreso estatal de Baja California, en la televisión he visto un par de veces al beneficiario de este aquelarre, el señor gobernador electo, el peliblanco Jaime Bonilla, con licencia para gobernar de tres años más: tiene a sus espaldas el retrato del presidente López, con sus monigotes que le acompañan en su podio, al fondo.

felixcortescama@gmail.com

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