Por Elisa Ortega.

El feminicidio es una urgencia nacional, y en México son las mujeres quienes enfrentan el exterminio y decidieron tomar acción, expresando su punto de vista desde la manifestación social y no la marcha pacífica. Ahora bien, el manifestarse políticamente tiene un impacto que la marcha no tiene, es efectiva en tanto deja rastros y mensajes.

Y en la manifestación del 16 de agosto se están denunciando tres niveles de la violencia contra mujeres: la explotación sexual de la infancia con los pedófilos, que alcanzan números vertiginosos y una brutalidad nunca vista en su forma de asesinar; la sexualidad de la mujer adulta, con las redes de prostitución que las levantan en la calle o en la puerta de su casa; la violencia doméstica que es, quizás desde Pedro Infante, la más normalizada para las clases medias y obreras, de que “la amo pero la maltrato”, o “porque la amo la golpeo”. 

Si México, a través y a partir de la naturaleza de su identidad nacional, ha podido mantener el descontento social medido gracias a su control de las clases por herencia colonial, hoy poco podrá contener un movimiento vehemente cuyo origen es aún más arcaico en lo que va de su identidad nacional y que consiste en establecer un nuevo patrón en la relación entre hombres y mujeres.

Para esta sociedad mexicana totalmente perturbada, existe una imagen femenina abyecta: la mujer actuando y tomando el control con la misma libertad que un hombre. Y esta mujer es la que cubre de graffiti el símbolo más imperioso de la autoridad masculina: el Ángel de la Independencia. La respuesta moral no se hizo esperar y puede compararse con las frases menos políticamente correctas de sujetos masculinos: “Qué las violen a esas feminazis pa’que aprendan, se lo merecen”, apareció un manifiesto de “cómo violar y matar a feministas”, u otras delicadezas como “que esas putas culeras quién les dio permiso vivir”, “esas mal cogidas les falta sexo”, “que vayan a trabajar las pinches chifladas.”

Lo que en verdad no soportan los mexicanos es que una mujer muestre rasgos masculinos. Si el malestar de la masculinidad machista se expresó en palabras, tanto de hombres como de mujeres, y tomó el control de las redes a punto de provocar la necesidad de dar explicaciones y justificar las acciones de la manifestación del 16 de agosto, es porque precisamente se puso en jaque una idea de lo que deba ser lo femenino en un país como México en el que la casa es el espacio todopoderoso de la mujer, mientras que la calle pertenece de manera exclusiva a los hombres.

Hasta que comprendamos cómo México ha operado desde antes de la conquista dentro de la lógica del harem, entenderemos las implicaciones del fenómeno de la violencia actual. En México antes de la conquista, la mujer estaba encargada del fuego y de la casa y el hombre de traer alimento a la casa; asimismo como el hombre se casaba con varias mujeres que vivían juntas dentro la casa. La vida pública de la mujer era compartida con otras mujeres dentro de la casa. La conquista acabó con esa lógica continuándola.

Hoy, mientras no observamos la medida en la que las abuelas fallaron al reproducir esa dinámica (por más que cuidan nuestros hijos abandonados mientras trabajamos), mientras no señalamos a las madres por complacer más a sus hijos varones que sus hijas, mientras las madres acepten ser golpeadas sin pedir disculpas a los hijos que son testigos, mientras la hija de obreros no pueda estudiar con la misma paz que sus hermanos por ser mujer, mientras las madres buscan sus hijas tiradas en aguas negras o matadas empaladas por el culo, mientras haya padres que en ataques de furia matan a sus hijas de cuatro años a golpes por hacerse pipí en la cama, mientras los ricos sigan de ignorantes creyendo saber porque tienen dinero, mientras los pobres sigan creyendo que su pobreza es ignorancia y explicación, mientras a las burguesas nadie las representa, mientras sigamos educando nuestros hijos con la mediocridad de un país que se auto-extermina, mientras sigamos operando como el sistema arcaico que nos parió, mientras todo ello siga su curso, tendremos cada día más casos de mujeres salvajemente asesinadas.

Tenemos que decirles a las abuelas que la cagaron; a las madres que nos fallaron por aguantar los golpes con naturalidad y preferir sus machos; decirles a los ricos que la riqueza no les salva de la pendejez; a los pobres que la pobreza no es pretexto; al Estado de dejar de hacerse wey como en tiempos de la dictadura.

Es un hecho, somos una generación perdida y por lo tanto libre: Nadie nos representa. “Esto no es una manera de manifestarse”, se leyó. Esta fue la observación de los anónimos que forman la masa informe de la opinión pública. Esos anónimos son la voz del asesino en potencia que representan. México ha creído y sigue creyendo que su problema es de clase. Puede que en el tercer plano de las urgencias existe la lucha de clases que es el fantasma cutre de una modernidad pospuesta, y mientras los países del primer mundo se debaten con la extrema derecha, México enfrenta los inicios de la primera guerra civil que opone sexos: el feminismo contra el machismo (y esto ni siquiera dice mujeres contra hombres porque muchas mujeres son machistas en este país).

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