Por Erick Muñiz.

Esa noche Celso Piña se percibía un poco ansioso. La década de los 90 estaba aún en pañales y su acordeón iba a sonar por primera vez fuera de las zonas marginales de Nuevo León.

En la calle Padre Mier, en el corazón del Barrio Antiguo de Monterrey, un galerón donde cabían menos de 100 personas estaba listo para recibir al rebelde del Cerro de la Campana.

Ahí, en un pequeño escenario de concreto pintado de azul y rodeado de antros fresas -fifís les llaman ahora-, el hijo pródigo de la colonia Independencia se limpiaba la frente y el cuello con un pañuelo rojo, mientras que las coloridas palmeras de su camiseta disimulaban los lamparones bajo las axilas.

Era una noche calurosa y más para el entusiasta promotor de la cumbia colombiana y el vallenato, pues el reto lo hacía transpirar. No era lo mismo hacer sonar sus canciones en la “Indepe Colombia” que a tres cuadras del elegante Casino Monterrey.

Por eso, entendí que Celso estuviera ansioso y que mi editora me hubiera encargado poner mucha atención al realizar la crónica del concierto.

– Te ves muy nervioso, Celso – exclamé, mientras se hacían las últimas pruebas de sonido.

– Un poco, hermanito -, dijo el cantante, al tiempo que dibujaba una amplia sonrisa que apenas se asomó bajo su tupido bigote.

– ¿Ahora que tocas en el barrio te vas a volver fresa? – le cuestioné en tono de broma.

– Nooo, compadrito. Eso nunca -, aseguró Celso Piña, el vecino del Cerro de la Campana, para luego santiguarse y empezar a hechizar a su público con el característico sonido del acordeón, más auténtico que virtuoso, pero no por ello menos aclamado.

Las canciones se sucedieron como en la misma Indepe, coreadas por decenas de voces y escoltadas por cuerpos quebrándose y zigzagueando para formar los peculiares pasos de baile de los temidos jóvenes “cholombianos”, como se llamaba despectivamente a los seguidores de estos ritmos, por su indumentaria “chola” y su amor por Colombia.

Y aunque el entorno del concierto fue la planicie fresa del centro de Monterrey, zona alejada de las empinadas laderas donde creció Celso con sus hermanos y la ronda Bogotá, la verdad es que no hubo respuesta de ese otro público al que se pretendía llegar.

Al baile fueron los mismos jóvenes escuálidos, tatuados, con pantalones tumbados y camisetas de tirantes que seguían siempre al rebelde del acordeón.

Mi inexperiencia y mis ganas de sobresalir como cronista me llevaron a calificar la noche como un esfuerzo fallido en el cual, aunque el músico se vistió de seda, marginal se queda.

Unos seis años después entendería que esa noche Celso Piña y sus canciones colocaron en el ánimo de la sociedad regia una semilla que germinaría esplendorosa, con el grupo Bronco cantando en el Casino Monterrey y el propio Celso codeándose con reconocidos artistas locales, luego nacionales y al final de varios rincones del mundo.

La noticia de su muerte, el pasado miércoles, llegó a ocupar un buen espacio en las portadas de casi todos los periódicos de México y se trepó al Trending Topic de las redes sociales.

Celso dejó pendiente su actuación del próximo 15 de septiembre en la Ciudad de México, pero recibirá a cambio un homenaje póstumo que seguramente retumbará en el Zócalo.

En el balance final, su música sí logró tender un puente entre mundos sociales tan distantes y distintos pues logró darse a conocer internacionalmente. Y no, nunca se volvió fresa.

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