Por Félix Cortés Camarillo

No importa donde estés

que al fin que, ya lo ves,

quedamos como amigos…

Que seas Feliz, Consuelo Velázquez.

La pugna en Morena por el liderazgo en el senado no se reduce simplemente a la confrontación de dos personalidades ególatras y ambiciosas, como lo han demostrado ambos ampliamente, Martí Batres y Ricardo Monreal, por el poder al frente de la llamada Cámara -no sé por qué- alta. El asunto es la lógica fragmentación de una institución que fue forjada en torno a una indiscutible personalidad omnipotente que no admite -por lo que se ve- divergencias internas.

De las críticas de fuera, ni se piense. Algo así como el PRI de mi juventud.

Uno de los sonsonetes más pronunciados por Andrés Manuel López Obrador es que “no somos iguales” a los gobernantes de antes. En mi tremenda ingenuidad que todavía conservo, quiero creerle; que él es puro, impoluto, decente y casi casto.

De sus compinches no metería la mano al fuego por ninguno de ellos.

El grave problema que enfrenta el presidente López es que, a diferencia de sus predecesores priistas, no tiene sucesor a designar en lo que él imagina, probablemente con certeza, la permanencia de Morena en el poder máximo. El presidente López, está tratando de armar un maximato. La reelección de su persona no está ciertamente en la agenda.

La caballada está flaca, dijo el emblemático guerrerense Figueroa. Hoy, para Morena, está famélica.

Por lo mismo, los que hoy son bravos adversarios devendrán aliados.

Son de la misma cuna.

PILÓN.- ¿Está o no está el gobierno mexicano “dialogando” con grupos delincuenciales para alcanzar una paz que a todos nos parece inalcanzable?

Depende de qué llamamos gobierno mexicano y qué calificamos como grupos delincuenciales.

Si la Secretaria de Gobernación, que es la que se encarga de la política interna del país, Olga Sánchez Cordero, es pilar del gobierno mexicano y dice que “grupos armados en varios estados están hablando de su interés en deponer las armas” son grupos delicuenciales, entonces sí: el gobierno mexicano está hablando con los que mandan en esos grupos y que quieren bajar la guardia.

Si el jefe casi absoluto del gobierno mexicano es el presidente Andrés Manuel López Obrador y esos grupos delincuenciales son lo que -según López- son la llamada “delincuencia organizada”, entonces puras habas.

No es la primera vez que el presidente López tiene que corregirle la tarea a uno de sus más importantes ministros: el de Hacienda tuvo que irse a su casa, la academia, por no saberse bien la lección.

Atropelladamente, doña Olga balbuceó que unos grupos armados en algunos estados del país se habían acercado pidiendo paz y se les estaba atendiendo. Muchos entendimos que se refería a los cuerpos de paz que se conocen como autodefensas y que armó el licenciado Alfredo Castillo, íntimo del reciente presidente, cuando fue por él Comisionado para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán después de haber puesto en desorden al deporte nacional.

En el sermón matutino del presidente López de ayer afirmó que por ningún motivo entraría en diálogo con la delincuencia organizada.

Es una postura impecable. El Estado, en los países democráticos, es el único garante de la integridad nacional y el que tiene la autorización legal para ejercer la violencia cuando sea necesaria. Cuando los opositores del Estado -llámense, Cartel Jalisco Nueva Generación EZLN, o grupos de autodefensa- el gobierno, que es el órgano operativo del Estado, tiene la obligación de aplastarlos a cualquier costo.

Claro, a todos.

felixcortescama@gmail.com

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