Por Eloy Garza González.

Hoy fui a la librería Gandhi de Monterrey. El local se desbordaba de muchachas con libros en la mano. Difícil abrirse paso entre tanta gente.

Adentro, me enteré del motivo de esta alegre muchedumbre. La escritora española Elvira Sastre firmaba su más reciente novela: “Días sin ti” (publicada por Seix Barral), ganadora, nada menos, que del Premio Biblioteca Breve, 2019.

No contuve mi felicidad. A una güerita regordeta y simpática se le galardonaba con el mismo premio que recibió en su tiempo Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. ¡La juventud se abre paso en estas épocas oscuras! Hay luz al final del túnel.

Me acerqué al estante de libros de Elvira Sastre. A duras penas me hice de uno. Yo estaba muy apenado por mi desconocimiento de esta consagrada autora que también es poeta. Quise resarcir al instante mi ignorancia. Exploré ávidamente en mi iPhone. Google me dio algunas pistas: Elvira Sartre es influencer, tiene muchos seguidores en Twitter y corazoncitos en Instagram.

Me senté con el libro en la única silla desocupada del café de la Gandhi. Leí un párrafo al azar: cursi, tonto, ridículo. Faltas elementales de sintaxis. Errores gramaticales. Frases escritas por una redactora incompetente. Ni un alumno de primaria escribiría tan mal.

Al final de una larguísima fila vi a la escritora (es un decir), en plan de diva absoluta: “atrás, no se le acerquen tanto, no fotos, ni videos, por favor”. Elvira Sastre no levantaba los ojos de la mesita. Firmaba sin sonreír. Y pensé lo siguiente: esta muchacha es una celebrity, lo cual está muy bien. Nada que objetar. Cada generación inventa sus ídolos, sus iconos y sus villanos.

Pero que se use un premio antes prestigiado como el Biblioteca Breve para celebrar a una figura no literaria, a una jovencita con ganas de ser famosa, pero sin la mínima calidad para ganar un premio de narrativa escolar, eso sí es imperdonable.

Caminé por la Gandhi. Bajé las escaleras y me encontré a un amigo, esperando su turno para pasar al baño.

— Vine con la menor de mis hijas — me dijo —. Yo no entiendo mucho de libros, pero ella es lectora compulsiva. Es la inteligente de la familia.

Sonreí.

— Me imagino. Bien por ella. Los chavos se abren paso con fuerza, ¿verdad?

Y hui por la puerta del estacionamiento.

eloygarza1969@gmail.com

@eloygarza

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