Por Félix Cortés Camarillo.

Por la oficina de los presidentes de México ha pasado durante todos estos años una retahíla de cientos de asesores del emperador sin corona que suele ser el Primer Mandatario. A ninguno de ellos se le ocurrió hacer lo que el domingo puso en el escenario magnífico del Zócalo capitalino el gobierno de la Cuarta Simulación, a un costo prácticamente nulo.

Durante horas, los grupos de danza folclórica o artistas de las 32 entidades federativas desfilaron frente a una plaza mayor mexicana muy nutrida de gente que nunca había tenido la oportunidad de esa introspección nacional para darse cuenta de la diversidad y belleza de la música, las danzas y ceremonia, la gente de nuestro país.

Mañana miércoles 18 de septiembre, a las ocho de la noche, se cumplirán 89 años del momento en que don Emilio Azcárraga Vidaurreta echó a andar la estación de radio XEW –la voz de la América Latina desde México– para cubrir principalmente todo el territorio nacional, a pesar de las dificultades que la pobre red de retransmisoras representaba.

Independientemente de la proeza tecnológica que significaban entonces cien mil watts de potencia, fue un fenómeno político que pocos advirtieron.

Era 1930. México venía saliendo de una guerra intestina que todavía llamamos Revolución, en que muchos mexicanos mataron a muchos mexicanos sin siquiera haber sido presentados. El surgimiento de la W trajo como consecuencia la primera noción de país homogéneo e integrado, al través de la música. Hasta ese día, los veracruzanos no habían escuchado a la trova yucateca, ni los norteños conocían los sones veracruzanos; los yucatecos no sabían de la existencia de las chilenas guerrerenses, los tamaulipecos no conocían la tambora sonorense ni los capitalinos el huapango. México comenzaba a sentirse una nación, una red que la música había tejido en silencio.

Ese mismo fenómeno se reprodujo el domingo pasado en el Zócalo. Nunca antes los mexicanos habían podido ver la rica paleta que su música regional ofrece, de gratis y en vivo: además, por televisión.

Al autor de la idea, quien haya sido, no se le escapó el hecho de que cada estado tiene y mantiene grupos de baile folklórico que funcionan desde hace años y que incluso han viajado a diferentes países del mundo cosechando aplausos. Era suficiente que el presidente López ordenara a los gobernadores que mandaran a sus muchachas y muchachos a la capital para sin paga actuar en un maratón de música mexicana, tan olvidada de los medios electrónicos de comunicación actuales. Los gobernadores, especialmente en los momentos en que el pastel de los recursos federales a los estados se está decidiendo, pusieron su mejor empeño y mandaron sus mejores conjuntos.

El resultado fue espectacular. Con niveles de calidad escénica muy por encima de los festivales escolares de fin de cursos, las muchachas y muchachos de todo el país dieron una función continua bien producida, manteniendo su continuidad –al menos en la pantalla de televisión– que no podía menos que incentivar nuestro orgullo por las manifestaciones culturales olvidadas de nuestro país. Nuestra música, bailes, trajes, mujeres y hombres son hermosos y debemos estar orgullosos de ellos. Una tarea que se debe reconocer y habrá de repetir el gobierno de López, corregida y aumentada, para el año que viene. A fin de que podamos otra vez decir, con mucha razón, ¡Viva México, chingao!

¿El Grito?

¡Ah, el Grito! El mismo estereotipo, ahora sin los numerosos invitados especiales en el balcón central, con las ocurrencias del presidente, que un año fueron un viva el tercer mundo y hoy fueron las comunidades indígenas o la diversidad cultural mexicana. A todo le gritamos ¡Viva!

Porque la semilla la habían sembrado antes los grupos que llenaron de música y danza la plaza mayor de nuestro gran país toda la tarde.

felixcortescama@gmail.com

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