Por Carlos Chavarría.

El pecado más abyecto, absurdo y retrogrado del sistema presidencialista mexicano fue el de reproducirse a sí mismo en todos los órdenes públicos o tótems de la sociedad y en todos los momentos sin importar las marcas de grupo.

La tan ansiada salida del PRI de Los Pinos, que tanto festinó el PAN, no llevó sino a nuevos capítulos de la novela monárquica sexenal, pero ahora azul y encabezada por Fox y luego por Calderón, que culminaron con el regreso del tan vilipendiado PRI, que tampoco aprendió la lección, para entregarle de nuevo el poder absoluto a su engendro, MORENA, que bien rápido ya desplegaron las mismas malas prácticas de los anteriores y su dueño López Obrador quiere profundizar las posibilidades del presidencialismo haciéndose con todo el poder por sobre la sociedad misma en el 2021.

Pero la historia de las burocracias monárquicas sexenales no acaba en el ámbito del gobierno de la república. Si se baja al nivel estatal y municipal, es exactamente lo mismo, el ejercicio irracional del poder absoluto desde mero arriba, empezando por desdeñar a la historia de lo que no funcionó y no lo hará porque se cambie de apellidos.

Si analizamos a los demás poderes, el legislativo y el judicial es la misma historia, islas del poder de uno solo y al diablo los demás.

Ahora veamos a los organismos sociales, como los sindicatos de gobierno. Todos siguen el mismo esquema y hasta pueden doblegar al propio presidente el cuál acaba de regalarles a los de la CNTE el futuro de la educación en México para que esos señores lo administren como les dé la gana, el caciquismo en toda su expresión.

El alcalde Abarca y sus esposa participan en el asesinato de 43 estudiantes, la ex secretaria Robles se mete en malos manejos, la maestra Elba Esther se enriquece a costa de sus compañeros, varios gobernadores usan el erario público como si fuera su hacienda, y la lista de ejemplos de la reproducción del gene regresivo del poder presidencialista mexicano sigue y sigue, dándole la razón al Presidente López Obrador, ya es materia de tratamientos psiquiátricos el conseguir erradicar la genética de la corrupción engendrada desde el poder para los del poder.

Todo tiene qué ver con el disfrute que hacen los hombres públicos del componente estalinista del poder en México disfrazándolo de las más absurdas propuestas progresistas, como el Salmerón ese, que también tenía su ínsula de poder en el instituto que dirigía y que, en uso de ese poder, le dio por honrar a los asesinos de Don Eugenio Garza Sada.

El presidente en uso de su enorme poder no criticó al historiador en su apreciación errónea de la guerrilla, usó al funcionario como algo desgastable, típico también del poder.

El poder presidencialista no tiene ideologías, se sirve de ellas según los vientos del momento y no porque sienta la necesidad de alguna doctrina en que apoyarse sino para forzar justificaciones para las soluciones diseñadas también desde el poder.

Si ahora resulta que la izquierda, al estilo castrista, es lo que pretenden todos estos intelectuales que desean ser el emblema de los que luchan por reducir la pobreza, deberíamos entrar en un debate abierto acerca del futuro que queremos y pensamos que resolverá nuestros problemas, porque el presidencialismo mexicano puede llevarnos hacia donde quiera una sola persona, como ya ha ocurrido en el pasado.

Todos los satélites del poder en México andan perdidos tratando de “leer” que quiere el presidente y cuál será el derrotero que se le impondrá a nuestro país, así de mal estamos.

En un mundo que se mueve tan claramente hacia mayor sociedad y menos gobierno, los países atrasados como el nuestro buscan profundizar el poder presidencial para anular a la propia sociedad, en un ejercicio que ya probó, no sólo en nuestro país, que conduce sin lugar a dudas a mayores crisis políticas y económicas.

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