Por Carlos Chavarría.

La elusión fiscal y la corrupción son primos hermanos. En tanto los ciudadanos no vean que sus impuestos están bien aplicados y se perciba un cambio positivo en la calidad los servicios públicos, y muy por el contrario sigan surgiendo casos confirmatorios de la leyenda popular en el sentido de que todos los políticos roban, no se podrán obtener los ingresos que el gobierno necesita para enfrentar los retos que ya están enfrente.

De acuerdo con el informe comparativo del OECD sobre los ingresos por impuestos de sus países miembros, México es el que menos recauda de las 20 naciones más desarrolladas.

Mientras el promedio de los miembros de la OECD es de 34.2 % del PIB, México sólo captura el 16.6, el país que más se le acerca es Turquía con un 24% del PIB. Si de verdad deseamos tener el nivel de calidad en los servicios públicos de Dinamarca, allá ellos recaudan el 46.6% de su PIB, así que es un sueño guajiro.

La calamidad más grande que padeció México fue su riqueza petrolera. Por casi todo el siglo XX el petróleo dio para todas las ocurrencias y transas posibles y hasta alcanzó para repartir a los pobres las migajas que, como ahora, deberían conformarlos.

No había necesidad de cuidar ningún recurso ni hacer esfuerzo alguno para casi nada en el gobierno y en buena parte de la iniciativa privada que también se enriquecieron al amparo del despilfarro petrolero y de gobiernos sin visión estratégica o que les preocupara el largo plazo en temas colectivos.

El componente más importante de la genética de la corrupción son las malas prácticas que pretendieron corregir con leyes a modo. Nada podía importarle a cualquier gobernante o funcionario sabiendo que sólo estaría 3 o 6 años en un cargo cualquiera, claro que existen buenos empelados en el sector público, pero siempre cooptados por un sistema organizacional y de valores que no premia la eficiencia, la calidad o la honradez.

Podrá ser el presidente López Obrador todo un dechado de virtudes, como cuentan que fueron Ruiz Cortines y López Mateos en sus mandatos, y seguro que al igual que estos López Obrador no se enriquecerá con el cargo, pero si no se rediseña el entramado de procesos y reglas de la administración pública igual a se le cargarán todos los pecados que se encontrarán en el futuro a su gestión incompleta.

En este momento están apretando las reglas en materia impositiva para los ciudadanos y sus empresas que siempre han cumplido, a los cautivos, y podemos hasta a priori pensar en que es lo correcto, pero si no se hace nada por el lado de la eficiencia y transparencia en el ejercicio del gasto público muy pronto se volverá al despilfarro de ese dinero capturado vía impuestos como lo fue con el petróleo.

Mientras, la mayoría de los agentes económicos no aportan nada al desarrollo. Si creemos en los datos del INEGI, los más recientes indican que 56% de la economía opera en el nivel informal, o sea que no pagan impuestos, ese porcentaje de la población activa no cree en gobiernos ni en transformaciones de ninguna clase y, por lo visto, no ven en esta nueva administración ninguna razón convincente o incentivo alguno para hacerlo.

Hasta ahora todos los esfuerzos para atacar la corrupción han sido propaganda pura, pero no se ha tocado para nada los procesos al interior del gobierno en sus tres niveles y sus reglas aplicables, así que, muy pronto, la realidad económica nos confrontara con la cruda realidad.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.