Por Eloy Garza González.

Leo la novela “Desierto sonoro” de mi paisana mexicana Valeria Luiselli, nacida en 1983. Su primera novela “Los ingrávidos” (2011) que ensambla la vida doméstica, los traslados en metro, el fantasma de Gilberto Owen (uno de mis poetas favoritos, aunque Octavio Paz lo considere sobrevalorado) y el bullicio citadino, me había parecido la revelación de una promesa literaria.

Ahora, con este libro que leo, cumple Valeria con lo prometido en un terreno literario que yo considero borderline, en las diversas acepciones de la palabra. “Desierto sonoro” narra el viaje de una familia (¿una tribu?) de Nueva York al desierto de Arizona. Moteles, carreteras, calor, señales borrosas. Una pareja de profesión documentalista, a punto de separarse y dos niños que sufren la inminente ruptura de sus padres.

Genocidio de los pueblos originarios de Norteamérica y situación de los niños migrantes, perdidos, en un país de 70 millones de hispanos que no reconocen sus raíces latinas. Terrible violencia racial y violencia de olvido que se describen con párrafos instantáneos, como fotografías y con digresiones afortunadas la mayoría de las veces.

¿Qué me parece esta que es la tercera novela publicada de Luiselli? Es una original forma (a través de planos intertextuales) de cumplir con lo pedido por Marguerite Duras: “Aproximarse a la sombra interna”, desde diversos ángulos, diversos archivos y desde la más acertada inverosimilitud.

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@eloygarza

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