Por Félix Cortés Camarillo.

Qué tristeza da el simulacro de conferencia de prensa que ayer se dio como agregado de la mañanera, que tampoco estuvo para entonar aleluyas: si el culiacanazo con su relativamente pequeño saldo de fatalidades fue un punto de inflexión en la medida en que los mexicanos aceptamos la Cuarta Simulación, la masacre de los mormones -una rama de la Reforma surgida en el siglo XVI en Suiza que se distingue por ser anabaptistas- acribillados salvajemente en la carretera entre Sonora y Chihuahua le viene a dar otro golpe más serio.

Desde que conocemos a las mafias de todo el mundo, teníamos entendido que los bandidos se mataban entre ellos cuando era indispensable, pero que nadie se metía con los integrantes de las familias; desde luego, las mujeres y los niños. Poco a poco, esa moral derivada de la religiosidad de los viejos capos se fue resquebrajando. Los límites fueron cayendo uno a uno. Don Corleone no enterró a un hijo suyo acribillado en una caseta carretera por ser su hijo, sino por ser uno de sus instrumentos de poder delictuoso. Nunca en la saga se mató a mujeres.

Eso no existe más. De manera especial en la mafia mexicana, que tiene lo suyo en eso de la violencia desalmada y puede decirle a otras mafias, incluida la china y la turca, “quítate que ay te voy”. Si mal no recuerdo, esto comenzó cuando el “Güero” Palma, uno de los capitostes de Culiacán, recibió por mensajería en una caja la cabeza de su mujer, enviada por un subalterno suyo, venezolano y guapo él, que primero había enamorado y desposado a la hermana del “Güero” y luego a su esposa para asesinarla. Palma mandó a hacer otra matanza de diversos familiares y pienso que aquí se perdió el decoro y el respeto entre los bandidos.

Eso puede parecer un buen chiste de mal gusto.

Especialmente cuando allá en el norte acribillan a dos familias, incluyendo recién nacidos, miembros ellos de la tribu menonita. Y cuando la primera explicación oficial es que la caravana de vehículos de las dos familias fue confundida por una banda de asesinos en busca de otra banda de asesinos.

Si estuviésemos en el sexenio de Felipe Calderón, eso se traduce como “daño colateral”. Ese es el cinismo que molesta. Lo que se hizo antes y era condenable, se hace ahora y es loable.

Pero el asunto va más allá. Los asesinados tenían, todos, la ciudadanía de los Estados Unidos de América; algunos a medias porque eran común de dos, pero para el gobierno de allá, ellos son sus ciudadanos. Y a pesar de todo lo criticable del sistema judicial de los Estados Unidos, siempre se distingue por defender los intereses de sus ciudadanos.

En ese contexto, desde el presidente Trump hasta las instancias más sensatas del país vecino, como el consejo editorial del periódico Wall Street Journal, pasando por las mayores corrientes de pensamiento popular, el criterio es: si el gobierno de México no puede, nosotros sí.

Los cual pone a los mexicanos, para seguir con la trivialización de tan serio asunto en una situación de bateador de beisbol, de tres y dos. Para el asunto de los defensores de la independencia y la soberanía, debiéramos pasar el próximo lanzamiento; ¿y si le tiramos a esta bola envenenada y nos invaden -poquito a poquito- las fuerzas del vecino?

Ponche seguro para la historia de esta Patria nuestra, que violenta y todo, desalmada y destripada, imprudentemente gobernada, corrupta y cínica, saqueada impunemente, es la única Patria que nos queda.

Y que, si la tenemos así, no es culpa del presidente López ni de los cuatro anteriores, sino de todos nosotros; los que votamos y los que no quisieron hacerlo.

felixcortescama@gmail.com

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