Por Félix Cortés Camarillo.

No, no me enoja el sainete armado en la toma de posesión de la señora Piedra Ibarra para manejar la Comisión Nacional de Defensa de los Derechos Humanos, cargo para lo que no tiene ni calificación, ni perfil, ni legitimidad; conocemos bastante bien los mexicanos la calidad ética de los que se hacen llamar nuestros representantes y autores de las leyes que nos rigen. Tampoco me sorprende. En parlamentos de países que se creen más civilizados que el nuestro he visto escenas más penosas, con puñetazos, escupitajos, y en más de una ocasión armas de fuego en mano.

Tampoco me mueve a pena el capricho presidencial de defender a ultranza la legitimidad del generoso –y ya verán que también oneroso– asilo que se ha dado a Evo Morales, presidente renunciado de Bolivia que no tuvo los tamaños que un septiembre de 1973 tuvo Salvador Allende cuando ante el golpe de Estado, ese sí, llegó al Palacio de la Moneda en Santiago, agarró la metralleta que le había regalado Fidel Castro, diciendo: de aquí no me sacan vivo. Lo sacaron cadáver y nunca se le ocurrió, antes de matarse, firmar una renuncia o pedirle al gobierno de México, a su amigo Gonzalo Martínez Corbalá, que era el embajador mexicano en Chile, le diera asilo político porque su vida peligraba.

El presidente de México, con los poderes que tiene, le ha dado asilo a Morales y se lo dará a quien quiera acompañarlo, casa, comida y sustento a costa del erario mexicano. Además del ostentoso aparato de seguridad que lució ayer mismo cuando acudió a una conferencia de prensa lamentable y una más lamentable aún ceremonia que le ungió como huésped distinguido de esta noble y sufrida ciudad de México capital. Muy su derecho de presidente.

Lo que sí me enoja y me preocupa sobremanera es el juego transparente del presidente López que ha decidido hacerse de todas las instancias de poder que no estaban bajo las órdenes del Ejecutivo. Ya consiguió, con su carisma de eficiente demagogo y aprovechando la irritación social que los dos sexenios anteriores dejaron en los mexicanos, no solamente la titularidad del Ejecutivo sino una aplastante mayoría en el poder legislativo para sus incondicionales. Tan incondicionales, que su pastor Ricardo Monreal se había comprometido con sus adversarios a volver a realizar el proceso de selección del titular de la CNDH, que ya se había ensuciado en una primera vez, para luego recular, por órdenes de ya sabes quién, y mantener el espurio resultado.

Todo para que, en su primera aparición frente a la prensa, la señora Piedra Ibarra preguntara ingenuamente (?) si en este país, en este año, ha habido periodistas asesinados, porque ella solamente ha oído de los que fueron muertos en el sexenio pasado. Ciertamente ridícula, pero dócil, que es lo que se ocupa.

Cueste lo que cueste, el presidente López ha decidido hacerse del poder omnímodo, condensado en su persona, que todo lo sabe, todo lo entiende, todo lo decide, todo lo ve, y no escucha una sola voz disidente dentro de su aparato; mucho menos fuera de él.

Una decisión firme; y no cabe duda de que las decisiones del presidente López las lleva a sus últimas consecuencias, cueste lo que cueste. Ya tiene al Congreso, ya tiene a la CNDH. Ya tiene a sus virreyes en cada estado de la Unión, que se llaman super delegados. Se le cebó la rectoría de la UNAM, que estaba entre sus objetivos. Sigue afinando la puntería rumbo a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y se va a hacer de su dominio. El próximo objetivo es el Instituto Nacional Electoral que, aunque sea presidido actualmente por un ignorante clasista, racista e incompetente, es la institución más importante que los mexicanos hemos logrado en la lenta y difícil carrera en pos de una democracia huehuenche.

Se va a quedar con el INE para reglárselo a un incondicional, que antes de pedir el desayuno consultará con el presidente imperial que nos parece algo tan natural después de setenta años de tradición.

Es un fandango doloroso.

felixcortescama@gmail.com

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