Por Félix Cortés Camarillo

El caso espectacular del asilo culipronto y hospitalidad generosa hacia el dictador boliviano Evo Morales por parte del gobierno mexicano, ha sido una perfecta cortina de humo para la tendencia en descenso de la popularidad del presidente López, cuando la preocupación principal de los mexicanos es la inseguridad en la que nuestro país está hundido. La atención se fue hacia otro lado, con el involuntario o torpe apoyo de la presidente interina de Bolivia, que reclama la tolerancia de México al activismo político de su ex jefe en tierra azteca. El artículo 33 de la Constitución mexicana, que con frecuencia los políticos usaron para sacar del país a los extranjeros incómodos del pasado, establece claramente que los extranjeros tienen los mismos derechos que los mexicanos.

            Pero el cinismo que se ha posesionado del ejercicio del poder en México llegó esta semana que termina a un clímax que –lamentablemente- todavía tiene camino por recorrer para llegar a los extremos. La obcecación del Primer Mandatario incide, como es tradición de la república imperial, en un precepto que muchos de mi generación escuchamos de nuestros padres: porque lo digo yo. Una actitud que muchos de mi generación hemos tratado de desterrar del catecismo familiar de los mexicanos.

            Ese clímax al que me refiero no solamente implica a la designación tumultaria, arbitraria, ilegal –la señora Rosario Piedra Ibarra era miembro del movimiento político, partido, del presidente López hasta minutos antes de rendir protesta- y autoritaria. Porque lo digo yo.

            Aquí no se trata de recordar que doña Rosario Ibarra viuda de Piedra, la madre de la presidente espuria (no presidenta) de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos haya convertido la desaparición condenable de su hijo en una bandera de militancia política: tenía derecho a ello y sigue teniendo derecho a que el Estado le entregue por lo menos unos restos y alguna verdad recompuesta e improvisada, además de la medalla Belisario Domínguez que el Congreso dócil acaba de concederle para que ella comprometa al presidente López a conservarla en custodia mientras se sabe de su hijo desaparecido.

            Por ahí anda el misterio del capricho del presidente López.

            A los regiomontanos, sin embargo, no se nos olvida que Jesús Piedra Ibarra, de quien no hay noticias desde 1973, fue miembro en Monterrey de la Liga Comunista 23 de Septiembre. El grupo que es responsable del asesinato de Eugenio Garza Sada. El comando que ejecutó a Garza Sada ha sido recientemente calificado por un prominente morenista como grupo de jóvenes valientes. El esposo de la flamante presidente de la CNDH encabezó el secuestro a Cuba –se usaba entonces- de un avión de Mexicana de Aviación saliendo de Monterrey, para lograr la liberación de algunos de sus compañeros de Liga mencionada.

            Yo no tengo filiación con partido, pandilla o grupo político alguno, pero respeto el derecho de cada quién a afiliarse, inscribirse iniciarse, comprometerse, con quien le dé su regalada gana. Poniendo sobre la mesa su propia vida en riesgo, como lo hacen los hombres de verde olivo que escogieron, o la miseria les obligó, a ser soldados. ¿Quién va a resguardar los derechos de los servidores públicos hacia quienes Rosario Piedra Ibarra tiene ya el prejuicio de que mataron a su hermano y llevaron a la muerte a su marido?

PARA LA MAÑANERA.- Señor Presidente, con todo respeto: ¿ hasta cuando seguirá vigente su política de “abrazos, no balazos”.

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