Violetta Estefanía Ruiz se reunió esta vez con cuatro mujeres activistas del movimiento feminista en Nuevo León, Melissa García Aguirre, Rocío Cárdenas, Virginie Kastel, y Noemí Zavala, todas ellas relacionadas con el arte, y todas ellas con una inquietud específica: un acto de censura doblemente reprobable, porque fue contra una manifestación cultural y, a la vez, contra la libre expresión de los derechos de las mujeres.

Fotografía: Evan Martinez

El 31 de octubre, por la noche, un grupo de activistas izó una bandera en el condominio Acero. Curioso que fuera la noche que la tradición identifica con las brujas y que, a estas alturas sabemos que las brujas perseguidas durante siglos eran más bien curanderas, parteras, consejeras…, mujeres con libertad y pensamiento crítico como para enfrentar a un entorno hostil para la mujer, e incluso para niños y ancianos. Estas llamadas “brujas” sorteaban un riesgo de muerte; muchas terminaron ahogadas o en la hoguera.

Asumimos que desde la Declaración de los Derechos del Hombre, en la Francia revolucionaria el siglo XVIII, las cosas cambiaron. Pero no tanto, porque aquellos revolucionarios expresaron el término “hombre” en la acepción semántica de la especie humana, pero la asumieron selectivamente, genéricamente. Las mujeres, que también hicieron la Revolución Francesa, fueron marginadas en los hechos.

El 31 de octubre pasado, medio centenar de mujeres nos recordaron que el riesgo de muerte para ellas sigue vigente, que la marginación existe todavía. Lo representaron a través de una bandera verde, el símbolo de Venus, y un puño en alto: la esperanza, la fertilidad, la femineidad y la acción.

Imagen: Melissa Aguirre

No se trató de una exaltación desmesurada del aborto, como muchos quieren entenderlo. El aborto es apenas uno de los tantos factores que articulan el movimiento feminista en todo el mundo. Se trató de una expresión artística socialmente comprometida que se asimila a la colectividad en el espacio público.

Sería compresible que las mujeres tomaran los espacios públicos para expresar estas inquietudes, para eso son, pero esta vez se trató de un acuerdo. El proyecto se llama Biofilia, y se desarrolló dentro de las actividades del Festival Santa Lucía 2019. Participaron organizaciones como 8MNuevoLeón, Rodada Feminista, Tú decides, nosotras te acompañamos, Colectivo Trans Monterrey, y Hablemos de Aborto, además de muchas más a título personal. La bandera se izó no para apropiarse de un espacio ni para imponer un criterio, sino como una invitación al diálogo sensato y sin prejuicios.

La bandera feminista, un acto artístico y social poco común, debió estar varios días convocando al diálogo y la reflexión. Sin embargo sólo ondeó unas cuantas horas. Nadie sabe dónde quedó ni quién la arrió. Los colectivos de mujeres no señalan a nadie, pero sí entienden lo que esa acción significa para el movimiento feminista. Sobre todo en una ciudad como Monterrey, en un estado como Nuevo León, donde la apertura hacia los derechos de las mujeres no sólo es aparente, sino además hipócrita, porque en los hechos y en las leyes, se les devalúa y hasta criminaliza sistemáticamente.

Este diálogo entre cinco mujeres sensatas también es un reto, porque desaparecer o destruir una bandera no extermina las ideas, ni mancilla la bandera más permanente de este movimiento, que es cada mujer asumiendo su libertad y sus principios en su propio cuerpo.

¿Dónde está la bandera verde? En todas partes. Cada mujer es una bandera verde, incluso las que, por ignorancia o fanatismo, reniegan de ella.

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