Por Francisco Tijerina

“Modestamente, la televisión no es culpable de nada. Es un espejo en el que nos miramos todos, y al mirarnos nos reflejamos.” // Jaime de Armiñán

Desde niño me enamoré de la televisión, de su magia y alcances. Anécdota de muy pequeño, la primera vez que fui al cine y que me llevaron mis tíos Liliana y Jaime siendo novios, lo primero que dije fue: “Mira, una tele grandotota”.

Siempre sentí fascinación por ella y gracias a eso de manera natural encontré el camino para entrar a laborar en ella desde muy pequeño.

Tengo el enorme privilegio de haber aprendido a “hacer” televisión de la mano de muchos pioneros de ese medio en Monterrey, hombres y mujeres de un increíble talento que construyeron una potencia que competía de tú a tú con los canales de la Ciudad de México en cuanto a calidad y, lo que es más importante, la mayor parte del tiempo con muchos menos recursos.

Los nombres de los locutores y personajes eran ampliamente reconocidos en la comunidad, pero también los de muchos de los camarógrafos, directores y productores. Con el tiempo pude conocer a buena parte de ellos y no sólo eso, sino aprender y abrevar de todos sus conocimientos, mismos que fueron adquiridos en la brega diaria, pero también en esa búsqueda intensa por ser mejores cada día.

No fue el conocimiento del aula, fue una dura y exigente enseñanza que te obligaba a ser mejor cada día, porque estar con ellos requería de niveles de excelencia, de entrega absoluta, de trabajar sin descanso, de hacer las cosas bien siempre.

Desde ese tiempo ellos conformaron una cofradía, una hermandad que a pesar de la férrea competencia entre televisoras se respetaba, quería y apoyaba, un grupo de personas que se conocía y frecuentaba por ese “don” especial que era formar parte de la televisión.

Genios, magos, creativos, que le daban importancia al contenido, que se apoyaban en escritores, que respetaban reglas básicas de trazo teatral adaptándolas a los requerimientos de un naciente medio, que estudiaron técnicas de cine para aprender sobre tomas, encuadres, iluminación, escenografía, sonido.

Verdaderos ejércitos que actuaban con disciplina militar a la voz de mando del responsable de la producción, porque “vas en vivo y no hay espacio para un error”.

Y con ellos aprendí no sólo de producción, sino de muchas otras cosas inherentes al medio; de programación, administración, equipos y demás.

Mañana martes un nutrido grupo de estos pioneros se reunirá en Monterrey para recordar tiempos pasados y las épocas de gloria y tengo la enorme dicha de que me hayan invitado a compartir con ellos este momento especial.

De siempre, a todos, con los que tuve la oportunidad de convivir y también a los que les aprendí observando su extraordinario trabajo, mil gracias, por permitirme alcanzar mi sueño de trabajar en la televisión.