Por Félix Cortés Camarillo

Ese polvorín que hoy se llama España tiene una mecha muy corta y un encendido inmediato. Antes que inmediatamente habrá de estallar, y eso no es bueno. Tiene por nombre Catalunya. En los más recientes tiempos, para mejor indicio el “clásico” de futbol entre el Real Madrid y el Barcelona, aquello acabó en una zacapela fenomenal de muchos vehículos destrozados, personas detenidas y agravios múltiples.            El asunto es bien sabido: la separación de Cataluña del estado español. Es un fenómeno que se repite ciertamente y que tiene inspiración étnica y económica. Los catalanes se sienten no solamente una raza aparte y mejor que la de los castellanos, aragoneses, gallegos o asturianos. Se saben motor importante de la prosperidad de España, puesto que buena parte de su planta industrial se ubica ahí.

            El resto de los españoles piensa que los catalanes han estado permanentemente mamando de la teta de toda España. Beneficios fiscales, sobre todo.

            El asunto ha derivado en la orden de aprehensión o suspensión de derechos cívicos de líderes del separatismo catalán.  Como Carles Puidgemont, que es una farsa en sí: técnicamente es un diputado de la Unión Europea; vive en Bruselas, no pude tomar posesión en Madrid de su puesto por los conflictos legales que tiene delante de sí. No puede entrar al país del cual es ciertamente diputado. El presidente de los catalanes, Oriol Junqueras, está en la mira de las autoridades de España. Ha sido inhabilitado por diez años para todo cargo público.

            El tema de la desmembración de la vieja Europa ha tomado un curso dramático con el triunfo de Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido en donde antes de un mes su país abandona la Unión Europea. El Brexit a lo que da.

            En esencia estamos pasando por un proceso de marcha atrás: los racismos, las separaciones, la incapacidad de una comunicación racional.

            Algo que nos está pasando a los mexicanos en su “nueva” democracia.

            PARA LA MAÑANERA.- Señor Presidente con todo respeto. ¿Sigue su señora esposa convencida de que el gobierno español y ¡el propio Papa! nos deben pedir perdón por lo que los soldados y los frailes que vinieron a hacer la América hicieron hace cinco siglos?

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