Por Eloy Garza González 

Luis Martín, uno de los mejores directores de teatro mexicano, y gran amigo mío, está a punto de entrar al quirófano. Van a apretarle tuercas por aquí y por allá y a darle mantenimiento al motor. Esos talleres mecánicos que se llaman hospitales, son siempre lugares en donde uno nunca quiere estar, pero a los que paradójicamente solemos recurrir con devoción casi beatifica.

Hablé con Luis por teléfono y me dice que está muy concentrado en su próxima puesta en escena para el Tecnológico de Monterrey: “El Inspector” de Nikolai Gógol. Yo he visto esta obra satírica en cuatro ocasiones (algunas mejor montadas que otras) y espero con ansias locas la versión de Luis Martín, que seguramente rebasará en calidad escénica a las anteriores.

Y es que aún en los montajes menos afortunados, “El inspector” es una obra que destila mala leche, de un punzante sentido del humor que no deja político con cabeza y de una actualidad permanente porque su tema sigue tan fresco como cuando lo escribió el autor en 1836: la corrupción y la afrentosa venalidad de los funcionarios públicos.

La trama, según recuerdo, es sencilla y letal: el alcalde de un pueblito confinado en la estepa rusa, espera la llegada de un inspector del Zar, que le calificará a él y a su Cabildo su manejo de los dineros públicos. Pero como en toda comedia de equivocaciones, el inspector es suplantado por un pícaro voraz y sin escrúpulos. 

A mi me llaman la atención dos detalles de la obra, en los que nadie ha reparado: el primero, que los políticos corruptos suelen tener fama de inteligentes y sagaces, cuando en realidad son banalmente mediocres y tontos. Esto se debe a que la maldad goza injustamente  de una reputación de agilidad mental superior a la bondad. Creemos que Genaro García Luna o Emilio Lozoya son unas lumbreras, con un IQ por encima de la media, cuando son simplemente pícaros con suerte y con buenas conexiones familiares y de compadrazgo.

El segundo detalle que me llamo la atención de “El inspector”, es de mayor complejidad: asumimos que el político corrupto se cuela por los resquicios vulnerables del régimen, cuando en realidad es un simple componente del sistema (uno entre tantos). Es el engranaje completo, no solo algunas de sus partes, el que mueve la corrupción a gran escala. En suma, hay que cambiar el sistema, intrínsecamente corrupto, y no solo a los pícaros que medran de la política como Rosario Robles o Tomás Yarrington.

Le deseo mucha suerte a mi amigo Luis Martín (la tendrá porque es un espíritu indomable), y le auguro un éxito rotundo en su montaje de “El inspector” de Gógol. Ya reseñaré aquí la obra en cuanto vaya a verla. 

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