Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

El movimiento feminista ha desnudado a la Cuarta Transformación que en estos días funciona más como una Cuarta Simulación. Sin una ideología que la sustente, la 4T muestra sus profundas contradicciones en una doble moral que se pretende de izquierda y que se asume conservadora.

El neoliberalismo para el presidente Andrés Manuel López Obrador se reduce a los gobiernos neoliberales mexicanos, no a esta fase del capitalismo financiero que se adueña de la vida de los seres humanos a través de financiamiento, los créditos, la deuda. Siervos del siglo XXI, los ciudadanos del mundo “deben” y, a partir de este principio económico, no son dueños de sus vidas. El feminismo demuestra, en contra del neoliberalismo, que la emancipación inicia con el derecho al cuerpo, inclusive económicamente. El feminicidio significa romper ese derecho, violarlo, anularlo.

Cuando dos personajes de la Cuarta Simulación, John Ackerman y Beatriz Gutiérrez Müller, se preocupan más por lo que le suceda a los monumentos históricos que las marchas y feminicidios, nos encontramos con un síntoma conservador, de derecha y profundamente reaccionario. Cuando Andrés Manuel se queja de que su movimiento no tuvo la cobertura que ahora tiene el movimiento feminista, pierde la brújula. Pone en entredicho su propia representatividad y se confunde: no es una cosa o la otra. Le importa más lo que sucede en los medios de comunicación que la violencia contra las mujeres que sucede en los barrios, transporte público, lotes baldíos, casas que se dicen hogares, escuelas, trabajo.

En 1968 el presidente Gustavo Díaz Ordaz no entendió a los jóvenes, a los estudiantes y a sus demandas simples, pero profundamente políticas: apertura, transparencia, democracia, hacer pública la vida pública. López Obrador no entiende el movimiento feminista y se somete a su sempiterna burbuja de que ya existen políticas públicas para atacar el feminicidio. Discurso hueco frente al discurso comprometido de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, o ante la sororidad de la embajadora de México en Washington, Martha Bárcena.

Pintar monumentos o destruirlos, es parte de una acción revolucionaria o, al menos, de cambio social. La caída del muro de Berlín es simbólica. La Cuarta Transformación se pretende como movimiento de continuidad, nunca de ruptura, por eso hay cambios en el régimen, no cambio de régimen.

Gutiérrez Müller y Ackerman defienden el “patrimonio histórico”, ese patrimonio patriarcal que revienta en “héroes que nos dieron patria” (no matria) en esa multitud de estatuas que celebran, primordialmente, a los aztecas históricos por la avenida Reforma y que culminan con un Júpiter capitolino en el Hemiciclo a Juárez. Es significativo que la calzada de las estatuas inicie con una mujer desnuda, la Diana Cazadora.

En términos de vida pública es muy importante la posición de la UdeG en relación con el espacio público, diametralmente opuesto al de la Cuarta Simulación:

Es de celebrar la postura del escultor Javier Marín quien, según notas de prensa: “En medio de la marcha su obra, ‘El Padre de la democracia’, fue vandalizada por parte del colectivo feminista. La escultura de no sólo fue pintada con aerosol, también fue golpeada con un martillo en su estructura y en su base. Marín no se mostró molesto por el incidente y, por el contrario celebró dichas pintas. El autor compartió un mensaje en su cuenta seguido de tres imágenes en las que se ve a este Francisco I. Madero a caballo”.

Hay una diferencia radical entre la postura institucional de la UdeG, la posición artísticamente social del escultor Marín, y los argumentos reaccionarios de John Ackerman. La historia nos enseña que los revolucionarios, cuando llegan al poder, se convierten en comisarios y las transformaciones en simulaciones.

La 4T no ha comprendido la Cuarta Ola del feminismo… y ahí está su error. México será feminista, a pesar de la 4T…

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