Por Eloy Garza González

Quienes votamos por AMLO lo hicimos por muchas cosas, pero no para que nos defendiera de los desastres de una pandemia. Eso no venía ni siquiera en el guión más disparatado. AMLO era un referente moral. Frente a los demás candidatos, manchados por la corrupción y el uso patrimonialista del poder, el morenista se alzaba como era un héroe cívico. 

Sus obsesiones, incluso sus prejuicios, entonaban con los sentimientos nacionales. Se alineaba con lo que sentía íntimamente la clase baja y con grandes segmentos de la clase media. Su programa de gobierno, algo desbaratado a decir verdad, que combinaba la cancelación de un aeropuerto con la construcción de una refinería y un tren maya sin sentido económico, era actos simbólicos antes que verdaderos detonadores productivos. Fueron reivindicaciones morales — algunos los llamarían venganzas — contra los excesos y abusos de una clase política canalla, que nos tenia hasta la madre.

De pronto, hace tres meses, inexplicablemente, brotó un virus en una ciudad de China, a 13,400 kilómetros de la Ciudad de México. Para finales del año, el coronavirus ya era trending topic global. La OMS se declaró impotente, anunció la pandemia, y el mundo fue una red cada vez más grande de infectados, con los pulmones deshechos y la vida en un hilo. Ningún mandatario supo qué hacer. Tampoco AMLO. Algunos se tropezaron con sus lenguas: Donald Trump se volvió errático — siempre lo ha sido pero ahora sin instinto —, el gobierno italiano se llenó de enfermos y rápidamente, de muertos. España, junto con su presidente Pedro Sánchez, entró en un pasmo colectivo. 

Otros mandatarios se reinventaron. Emmanuel Macron, el presidente francés, hace un par de meses con su reputación por los suelos, agarró aire, creó un fondo emergente y lidereó la iniciativa europea. La reelegida por cuarta vez, Angela Merkel, canciller alemana, agotada por el desgaste físico y mental del cargo, tomó las riendas de un corcel desbocado. Singapur se puso a la cabeza de los Tigres Asiáticos.

Pero AMLO comenzó a desvariar. Su manejo de la crisis económica avanzó a tropezones y sobresaltos. De buenas a primeras, de la referencia moral pasó a una descoordinación real. Abrió sin necesidad un frente más con la IP, tras la consulta ciudadana de la planta cervecera Constellation Brands, en Mexicali. Algunos gobernadores agarraron monte. Varios alcaldes se fueron por la libre. AMLO lució solitario (nunca le ha gustado ceder protagonismo ni siquiera a los expertos). Y quiso resolver la emergencia con salidas de tono, chistoretes e improvisaciones. Giró en círculos, dio vueltas sobre sus temas obsesivos (Dos Bocas, Santa Lucia, etcétera), y terminó vacilando en sus mañaneras.

AMLO no entiende que ya en la fase dos del coronavirus, con el contagio loca, todo cambió. Nada será igual, ni para México y para él. Se esperan 250 mil enfermos. Y millones de desempleados. Con la caída de los precios del petróleo, Dos Bocas queda descartado. Con la crisis fiscal, la rifa del avión será un chiste amargo. Con la crisis de fondos públicos, se recortarán Jóvenes Construyendo el futuro y Sembrando Vida. ¿Cómo podría reinventarse Andrés Manuel López Obrador? Veremos algunas opciones el día de mañana.