Por Félix Cortés Camarillo

El oficio de cantor

Se aprende teniendo ganas

Abriéndole al sol la puerta

Y a la sombra la ventana

O dándole tiempo al tiempo para el verso, para el trigo

Para la fe y la esperanza, el perdón y las espinas

Facundo Cabral, El Oficio de Cantor 

            No podía haber sorpresas en el sermón mañanero del presidente López ayer: nunca las hay. Generalmente son una reafirmación de sus principales defectos, la obcecación y la intolerancia. Como si en la repetición encontrara fortaleza para no abandonarlas.

            En su largo soliloquio de introducción dio a conocer las muy probablemente ilegales -¿y eso qué?- medidas económicas para derrotar al mismo tiempo a la pandemia del Covid 19 y la catástrofe económica que ya está aquí, acelerada por el desplome de los precios del petróleo, la apuesta principal que el presidente López para nuestro futuro. A los altos funcionarios del gobierno federal, de subsecretario a Presidente de la República se le reducirá su sueldo y se le suprimirá el aguinaldo. Cualquier burócrata mayor que ya sabe oficialmente que su cartera estará este año más flaca en un 25%, tiene el recurso de acudir a la justicia laboral de este país: no se pueden reducir los salarios en este país y el aguinaldo no es una limosna, es un derecho de los que trabajan bien adquirido. Me queda claro que en este gobierno nadie acudirá a una justicia que ya presume torcida de origen y disciplina.

            Pero decía yo obcecación: la obsesión por reducir gastos gubernamentales a partir de una falsa austeridad tiene reglas muy claras. No se tocan los proyectos prioritarios de esta administración. No solamente el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de Tres Bocas o el Tren Maya; igualmente intocables son los presupuestos de egresos para las dádivas de compra de votos que se llaman becas, apoyos, jóvenes construyendo el futuro o sembrando vida. Programas generosos que no pueden, por su naturaleza, tener impacto alguno en la recuperación económica. La segunda característica recurrente del presidente López es su intolerancia. En esta ocasión, con nombre y apellidos, denostando como impreparados, corruptos y mentirosos a los periodistas que no coinciden en el coro de alabanzas que él espera recibir de todo el que ose escribir y publicar una opinión.

            Lo que me recordó un chiste bien conocido en el gremio: el padre de un alumno de primaria reprende a su hijo cuando llega de la escuela, diciéndole: me citó la directora y me contó que cuando le preguntaron a todos los de tu salón qué hacían sus padres, tú dijiste que yo tocó el piano en un burdel. Es que me dio vergüenza decir que eres periodista, contestó el chamaco.

            Con ese rasero el presidente López refrendó su intolerancia a todos los que tienen –tenemos- una visión así sea ligeramente apartada de sus dogmas. A su vez, se puso a mencionar a los cuatro o cinco periodistas que en su opinión si merecen presumir de ejercer este oficio.

            Creo que estar en la lista de los condenados resulta ser un elogio. Presidencial, ¿eh?

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA, porque no puedo entrar sin tapabocas.- Señor Presidente, con todo respeto: ¿Está usted al tanto de que una sola fábrica en México está haciendo a toda prisa veinte mil fundas negras de plástico para cadáveres? ¿O es un pronóstico reservado?

felixcortescama@gmail.com