A mí me queda claro que nuestro presidente trae una gran urgencia por meter todos los fierros que pueda a la lumbre y por eso a diario crea nuevos  frentes muy debatibles todos, sin importar la oportunidad, consecuencias e   implicaciones.

Parece que  todos los días se la pasa haciendo un recuento de los dilemas; falsos o verdaderos; pero dilemas al fin, a los que nos enfrenta el tipo de cultura en la sociedad que vivimos.

No es la primera vez que en su discurso aparece el dilema clásico de la economía y la ética referente al consumismo, primero fue en la forma del par de zapatos, el carrito modesto y ahora le toco el turno al gusto por las comidas exóticas y por lo conspicuo en general.

Nadie puede negar que somos una sociedad cuya cultura esta basada en el consumismo, no solo México, el mundo entero está así.  La revolución industrial determinó que la demanda de bienes fuera el motor de toda la economía y para esa condición de pensamiento deberían cambiar las bases de lo que se llama valor subjetivo de las cosas.

Como el presidente es una persona que no cree en la economía, el libre intercambio  y en el efecto de los incentivos, su pensamiento está atado en una fase histórica cuando el Estado se creía a cargo de tutelarlo todo, a la manera de un gran patriarca responsable de ordenarlo todo. Creer no significa tener razón.

La complejidad del libre intercambio y las preferencias que a  cada individuo  lo motivan, hacen imposible; aún con las tecnologías de información a la mano, pretender dictar el consumo de cada persona y el precio de cada bien o servicio, para que al hacerlo se pudiera lograr que se cumpliese el paradigma marxista de que sea el contenido de mano de obra el que dictase los precios.

El presidente ya se dio cuenta de que entregar una tarjeta con algún dinero a todas las personas que se escojan como objetivo o la renta básica universal no son suficientes para reducir la desigualdad, porque las personas usarán ese dinero en lo que dicten sus preferencias de consumo y la dinámica de la oferta de bienes.

Sus dos pares de zapatos, coche modesto, arroz, frijol y tortillas, es en el fondo el mismo objetivo que planteó la CONASUPO de entregar una canasta básica a precios subsidiados y que se perdió en un océano de corrupción y la imposibilidad de competir en libre intercambio.

Pero el  hombre es terco y es posible que más temprano que tarde proponga en lugar de una tarjeta de bienestar con dinero, una libretita de bienestar que incluya lo que el asume como no exótico y que cada persona escogida debería consumir como límite para ser feliz.

Es la secuencia lógica de alguien que no entiende de economía. El dinero entregado al parecer no redujo la pobreza en nada y las finanzas el gobierno ya no dan para más, así que de ese punto sigue el no entregar dinero sino productos para consumir, nada exótico por supuesto, solo lo básico y de nuevo surgirá el libre intercambio, ahora de esos productos que la gente que los reciba saldrá a intercambiarlos.

El problema de una persona que es monotemática en sus habilidades pues solo sabe ser oposición al régimen, es que cuando le toca estar al frente del mismo, se pierde en todas las argumentaciones útiles como oposición por su sobre simplificación para venderse a los electores, pero inútiles cuando se trata de sacar adelante un país.

Es muy loable desear que la desigualdad se acabe pero en la más grande de las ironías para lograrlo se requiere que existan excedentes distribuibles, crecimiento de al economía –que se alcanza con mas inversiones– y educación.  Suena trillado es cierto pero no hay de otra.

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