Por Félix Cortés Camarillo

Cuenta una fábula urbana la historia de aquel dueño del circo al que de pronto le crecieron los enanos, los leones padecieron caries y acabaron desdentados y a los payasos se les acabó el maquillaje rojo.

La semana pasada, al recordar la fabulilla no pude dejar de pensar en el presidente López a quien sus tres pistas del circo se le han salido de control. A la crisis de salud del Covid 19, que en el mundo ayer contaba -oficialmente- diez mil muertos, de ellos la cuarta parte en México, y los contagios universales un millón, se agregó el desplome de los empleos que el gobierno trata de ocultar con todos los malabares de la estadística, que es el arte de la matemática al servicio del poder.

La obcecadamente desmentida debacle económica que ya tenemos encima y de la que no saldremos antes de tres años a niveles de hace siete meses, ha sido enriquecida por una disminución de las remesas de los paisanos desde los Estados Unidos a sus familias en las zonas más jodidas del país, una disminución que la pudibunda administración no quiere dar a conocer en lo que llama “términos reales” y ahora sólo presenta en cifras porcentuales a conveniencia. Como si el dinero que los braceros mexicanos que tuvieron que ir a buscar trabajo en el extranjero pudiese ser enarbolado como un logro de la política económica de la cuarta simulación.

En eso andábamos cortando rábanos cuando al primer policía del país los bandidos le ponen una emboscada con al menos cuarenta sicarios bien armados cuando se dirigía a su oficina procedente del barrio donde solían vivir, desde los tiempos de Carlos Fuentes, “las buenas conciencias”.

El atentado en contra de Omar García Harfuch, hijo de un fiero subsecretario de Gobernación, Javier García Paniagua, y nieto del secretario de la Defensa en 1968, don Hermenegildo General de División García Barragán, no es un asunto cualquiera. Primero por la circunstancia histórica en la que el gobierno insiste en prodigar abrazos, a veces como en el caso de la familia del Chapo Guzmán demasiado explícitos y no balazos, como supuestamente repartió desde un uniforme que la quedaba grande el ex presidente Calderón. Luego, y no es baladí, por el barrio en que se dio la balacera. Además, por la capacidad de fuego que los agresores demostraron y su incapacidad de logística, sólo comparable a la improvisación del diseño de un ataque a un objetivo de tal peso.

Es la guerra, mi amigo, es la guerra. Aunque no le queremos llamar así.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA PORQUE NO ME DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Con todo respeto, Señor Presidente, busque usted a lo que llama sus “adversarios” dentro de su propio equipo y no entre los periodistas críticos de su gestión.

‎felixcortescama@gmail.com

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