Por: Efrén Vázquez Esquivel

Para el presidente López Obrador, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), cuya vigencia apenas inició el día de ayer, proporcionará, entre otras cosas, certidumbre porque se pudo rescatar la soberanía energética y porque se garantizará el bienestar social, gracias a que, a diferencia del anterior tratado, ahora se asegura la protección del salario de los trabajadores, no sólo el crecimiento económico para unos cuantos.

Los opositores aprovechan la euforia del presidente para señalarle lo que estiman es una de sus grandes contradicciones: que el T-MEC es una de muchas otras prácticas del neoliberalismo económico que él mucho ha condenado, cosa que es verdad, pues, cómo es sabido, el parteaguas que López Obrador trata de dibujar en el imaginario de los mexicanos, es decir, el antes y el después, se identifica con los rótulos de período «neoliberal» y período «postneoliberal». 

Es cierto que este nuevo tratado comercial es parte de la globalización económica neoliberal, esto es algo que no se puede objetar; pero que sea una doctrina que mata el valor de la solidaridad y el sentido social, que anula la creatividad de la fuerza colectiva para el desarrollo y progreso económico y bienestar social para enaltecer, en el contexto de este nuevo credo religioso, la acción individual como factor de todo progreso y desarrollo social, es algo meramente contingente, no necesario.

Sin embargo, los maniacos de este nuevo credo cuyos orígenes se remontan a los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, sostienen que la globalización económica neoliberal es irreversible, lo que es absolutamente falso, ya que, si bien es cierto que desde entonces la multicitada doctrina ha influido y permeado todas las actividades de la vida social —y con mayor fuerza desde el inicio de la década de 1980—, la educación, el arte, la cultura, etc., lo cierto es que lo irreversible es la globalización económica, no la doctrina económica y la ideología que la fundamenta.  

La globalización económica ha sido, a través de la historia, una tendencia natural de las sociedades; su expansión y mejora ha dependido siempre del desarrollo de las fuerzas productivas y el desarrollo tecnológico; y en ésta no sólo se intercambian mercancías, también ideas valiosas, costumbres y elementos culturales que ayudan al desarrollo de los pueblos; pero que la globalización económica necesariamente tenga que fundamentarse en el neoliberalismo económico, es algo que está muy lejano a la verdad. 

Esto lo sabe bien el presidente López Obrador. Así que, sus aludidos rótulos que rezan: «período neoliberal» y «período postneoliberal», eslogans que producen enfados a quienes de tonto no lo bajan, en realidad no expresan nada ingenuo que ha germinado en un desquiciado. Lo que éstos enuncian es una clara intención o propósito de oponerse, en lo que sea posible, no a la globalización económica, proceso que, como he dicho, es irreversible, sino a que ésta encuentre como sustento la doctrina del liberalismo económico.     

López Obrador y los 30 millones de ciudadanos que por él votaron no son los únicos que han tenido este propósito, no se olvide el codiciado sueño del Foro de Porto Alegre, Brasil, efectuado del 25 al 30 de enero de 2001, poco antes del comienzo del gobierno de Lula da Silva, en el cual muchos, henchidos de esperanza, declararon que otro mundo sí era posible. 

Bajo esta égida, ya en el gobierno de Lula se inscribió a Brasil en el grupo de economías emergentes llamado los BRIC (Brasil, Rusia, India, China), en el cual la economía brasileña ocupó un lugar importante como proveedor de recursos y de manufacturas; pero, con el decrecimiento de la economía de China, en el 2016, el sueño de Porto Alegre se derrumbó, la crisis política interna, la radicalización de las derechas brasileñas, entre otros factores, echó abajo el sueño que hoy, de nueva cuenta, en México se vuelve a soñar. 

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