Por Eloy Garza González

Casi cuatro meses caminando en la cuerda floja, a punto de caer al vacío. Puesto tras las rejas en Málaga, España, por fraudes de miles de millones de pesos. Peleando contra una extradición y un juicio que le significaba una larga condena. Pero un multimillonario puede hacer maravillas con su dinero. Y con los amigos? Y con los cómplices. Y delatando a otros para salvar el pellejo.

Emilio Lozoya aceptó su extradición. Parece que pierde, pero en realidad gana con estas negociaciones. Es un riesgo. No le quedaba de otra. Y acaso tuvo mucho que ofrecer a cambio de subirse a un avión, esposado, y retornar al país que gobierna Andrés Manuel López Obrador.

Emilio Lozoya viene a México no a esclarecer el caso Odebrecht, delito por el que está imputado, sino a cerrar la pinza contra otro detenido, en Estados Unidos, cruzando el Río Bravo. Se llama Genaro García Luna. Y alguna vez fue el dóberman de un ex Presidente. Y el policía de grandes magnates. Lozoya parece ofrecer pistas, indicios codiciosos, que pueden conducir las pesquisas hacia el ex Secretario de Seguridad Publica de Felipe Calderón.

Eso explicaría por qué Emilio Lozoya aceptó por voluntad propia extraditarse. Eso alumbraría el por qué el ex Director de Pemex negoció directamente con la gente de Andrés Manuel López Obrador y despidió a su abogado defensor Javier Coello Trejo, uno de los más inclementes del Derecho mexicano.

¿Cómo podría tener Emilio Lozoya información privilegiada contra García Luna? Hay que explicarlo. Antes de incursionar en la administración pública, Lozoya encabezó varios fondos de inversión de capital privado. Era una especie de rockstar de las finanzas. Un mago del neoliberalismo. Deslumbró con sus artes bursátiles al entonces Presidente Felipe Calderón. Lo sedujo, lo atrajo y lo envolvió. Lozoya era director para América Latina del Foro Económico Mundial, y acomodó a Calderón en las Asambleas Anuales de Davos, Suiza.

En esa mesa de jerarcas empresariales (la crema y nata de los hombres de negocios), Lozoya sentó también a otro experto: García Luna.

Lozoya gestionó los fondos de inversión privados para una empresa sucia, turbia, que luego se consolidaría en los portafolios de inversión durante el sexenio de Enrique Peña Nieto: Nunvav. Con esta empresa, García Luna triángulo millones de dólares a sus cuentas personales en Panama.

Nunvav fue favorecida con Peña Nieto con adjudicaciones directas por 2 mil 700 millones de pesos. Contratos leoninos, ambiciosos, que salpicaron a muchos involucrados. Una élite de servidores públicos compraron mansiones, yates y quintas fastuosas con prestanombres, con cuentas en paraísos fiscales.

La Unidad de Inteligencia Financiera estudia por separado los casos de Genaro García Luna y de Emilio Lozoya. Pero quizá en las ultimas semanas han visto en el preso más célebre de España a una pieza valiosa, un eslabón. Lozoya tiene un as bajo la manga, se llama Nunvav y esta jugada puede llevar a juicio a políticos del más alto nivel. Y no, no se trata de Enrique Peña Nieto. ¿Quién es en el fondo el enemigo principal de López Obrador? ¿Quién es la verdadera presa en esta cacería del gobierno? Lozoya estaba en la cuerda floja. Pronto subirá al juego a otros involucrados. Incluso a uno que portó alguna vez la banda presidencial.

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