Por Félix Cortés Camarillo

No quiero presumir de acucioso, pero estoy bien cierto de que según mi costumbre estuve dando seguimiento a las columnas de opinión en la prensa mexicana, la radio y la televisión, que plantearon alguna postura previa al viaje del presidente López a Washington para encontrarse con el presidente Trump con el pretexto del inicio del nuevo tratado comercial de América del Norte, asunto que se dio el primero de julio; el viaje fue una semana más tarde. Sí recuerdo haber encontrado una mayoría de opiniones, no en contra de la realización de esa visita, pero sí en lo inoportuno de su fecha.

A tres meses de distancia de las elecciones en los Estados Unidos, en las que Donald Trump busca a toda costa un segundo término, la visita de López Obrador podría ser interpretada como un espaldarazo del mexicano al gringo; previsiblemente, los mexicanos que viven en los Estados Unidos, tienen derecho al voto y lo ejercen y sienten alguna simpatía por el presidente López, endosarían ese apoyo al republicano que desde su primera campaña se dedicó a insultar a los mexicanos, llamándoles “malos hombres”, narcotraficantes y violentos en el mejor de los casos.

A toro pasado, y desde el mensaje emitido por los dos mandatarios luego de la firma de su comunicado conjunto, el mensaje de ambos fue, más o menos, “lero lero, dijeron que nos íbamos a pelear y nosotros nos queremos tanto”. La zalamería de ambos fue pareja en el jardín de la Casa Blanca. En la cena a la que fueron convidados empresarios importantes, la del presidente López fue excesiva. Una y otra vez le agradeció al presidente de los norteamericanos que no nos trate como una colonia de su país y que nos respete. Como si el trato de colonia y la falta de respeto fuera lo que nos faltara.

La evaluación positiva del encuentro se ha repetido en diversos espacios de opinión. Con razón: nadie podía apostarle -y nadie le apostó- a que la visita deviniera una confrontación sobre temas tan polémicos como el muro fronterizo, la expulsión de centroamericanos a nuestro territorio -con el riesgo de la pandemia encima- el maltrato a nuestros paisanos y los repetidos insultos a todos los mexicanos.

Ahora resulta que el terso transcurso de la brevísima reunión se debió a la pragmática madurez de los dos presidentes, que evitaron todo tema que pudiera resultar conflictivo. Eso es falso. Si el encuentro fue tan soso y meloso como resultó, ello se debe a la habilidad operativa de dos piezas claves en la diplomacia de los dos países: Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores de México y Jared Kushner, consejero y yerno del presidente Trump.

Por la tajante orden de estos poderosos personajes se cambió el protocolo de las visitas de un jefe de Estado. En el primer encuentro, privado y en el famosísimo Salón Oval, suele darse acceso en los primeros minutos a los reporteros gráficos, que también saben hacer preguntas, para que aprovechen la llamada photo oportunity e impriman la foto del encuentro. Normalmente hacen preguntas y por lo general se dan respuestas. En el caso del encuentro Trump-López no hubo ni lo uno ni lo otro. En el jardín de las rosas, al anunciar el comunicado conjunto, nadie pudo preguntar ni la hora. Y si lo hizo, nadie le contestó.

A la cena del cierre, cuando el torrente de elogios mutuos fue más intenso, simplemente no tuvo acceso la prensa. Así se borró las posibilidad de que los medios -cual es su función- sacaran a la superficie los temas calientes que dañan la relación entre los dos países. Por mutuo y reconocido acuerdo.

Como suele suceder en la doble moral de la sociedad mexicana, este es un matrimonio bien avenido. Nos queremos mucho, y si me pega, para eso es mi viejo.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA PORQUE NO ME DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Con todo respeto, Señor Presidente, ¿es en serio el proyecto de ley para las rentas congeladas y la protección de los paracaidistas urbanos que en España llaman Okupas y que en México pretende acabar con la propiedad privada en las ciudades?

‎felixcortescama@gmail.com

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