Por Joaquín Hurtado

El estilo de comunicar de Manuel de la O, Srio. de Salud en N.L, es de un patetismo que aterra. Me preocupa porque, a pesar de lo evidente de su falta de fuerza ante los medios, él continúa con sus mensajes en tono regañón, lastimero, pesimista, plañidero, rogativo, paternalista; a veces amenaza a todos y a ninguno hasta caer en el ridículo, otras se exhibe condescendiente como un abuelito pasalón.

De la arrogancia inicial sólo queda un triste eco. Típico profe barco. Si nadie entiende sobre SarsCov-2 le vale gorro, él sigue perorando al viento y cobrando sus quincenas. Lo suyo no es la cobardía sino la banalidad del burócrata de sótano. No proyecta ni una pálida sombra de todo el poder que su investidura representa. Espantapájaros sin brazos ante un vendaval muy destructivo, una pandemia que desde su posición pareciese imaginaria.

El fantoche no se sostiene frente a la evidencia de los hospitales rebasados, las escuelas cerradas, los escándalos financieros de una gestión opaca, y una ciudadanía rebelde, descreída, valemadrista. No nos sirve con ese tono cansino ahí, en el más alto cargo público sanitario estatal, dirigiendo una tremenda crisis de salud. No nos funciona. No en un estado industrial, fracturado por la desigualdad económica, con co-epidemias desatendidas desde antaño. Su imagen es la de un pasante sin experiencia, un hilo de voz, que se expone ante un tribunal académico muy exigente. Lo suyo es sermonear como clérigo premoderno, esgrimiendo abstractos castigos por el mal comportamiento de su feligresía.

El color de sus informes suena a huecas súplicas que no llegan ya a nadie. Pocas veces responde a las preguntas de los reporteros con datos duros. Evade los cuestionamientos más espinosos. Toriles y vaquillas lo arrastran en el lodo, es hazmerreír de la opinión pública. Se enreda en su propio discurso lleno de rasgaduras y pespuntes. No se le ve arropado ni siquiera por su jefe el gobernador con quien se contradice o frente a quien de plano se le percibe rebasado. Su presencia no ilumina sino vuelve más sombrío el panorama.

Manuel de la O es un maniquí que el Covid-19 desnudó y arrambló entre los escombros de una administración estatal que se la ha pasado dando palos de ciego durante casi medio año. Su tiempo se ha agotado. Pero lo más terrible es que ha malgastado el nuestro.