Por Eloy Garza González 

Judith Grace me regaló una mecedora. De madera y con respaldo de bejuco. Una mecedora  netamente mexicana. Ahí me sentaré a oficiar el ritual de lo que me reste de vida: el ritual de la amistad.

Por culpa del Covid-19, ese misterio que me ha arrebatado seis amigos en pocas semanas, hoy me siento en la mecedora de Judith Grace con menos amigos en el alma. Se me han muerto Alfredo, Norma, Alférez, Diana, Paco y mi hermano entrañable Toño Mondragón, un genio de los datos banales, que fue Secretario Particular de Porfirio Muñoz Ledo, y se murió en Laredo Texas, olvidado e incomprendido. Días antes estuvo en mi casa y rendimos honores a la amistad con una botella de Glenfiddich 18 años. “Ya me puedo morir, Eloy, ya me puedo morir”. Y yo como siempre irónico: “no seas pendejo, Toño, nos quedan muchos años para pelearnos”. 

Judith Grace fue Miss México, una bella inteligencia que aprecia el valor del afecto, y que en un arranque de sinceridad y de desprendimiento generoso, me regaló la mecedora que le había dado su hermano. Yo se la acepté con una lagrima y mi mano tendida. En Miami Judith es una celebridad, y en Monterrey es profeta en su tierra. 

Judith es una amiga a quien aprecio profundamente. Se desprendió de una mecedora, como quien se desprende de un pedazo de su corazón y dice: siéntate en una nube de nostalgia, y sueña en un mundo donde no hay virus letales, ni muertes intempestivas y déjate llevar por el arrullo de la vida.

No sé cuánto tiempo me reste en el mundo, todo se ha vuelto tan incierto, tan impredecible, tan miserable, que lo único certero es el cariño de una amiga como Judith Grace. Dios o la suerte o el destino, la guarde por muchos años y a mi me deje mecerme en su mecedora de bejuco, para recordar a los amigos que se fueron. Mañana hablaremos de política o de grilla o de lo que se les antoje, hoy hablo de la mecedora que me regaló mi amiga Judith, una mujer a quien tributo mi afecto y mi corazón lastimado. 

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