Por Félix Cortés Camarillo

Mi vocación jarocha me tiene estupefacto.

Los partidarios de castigar a las mujeres que en Veracruz permitan se les practique un aborto ante un embarazo no deseado, salen a la calle con sus pañuelos verdes rindiendo un homenaje a la vida, personificada en la Suprema Corte de Justicia que le dio pa´tras a la moción que al mismo tiempo procuraba despenalizar el aborto. Simultáneamente, los grupos feministas claman una victoria pírrica en este asunto. Yo no acabo de entender.

No acabo de entender porque, en primer lugar, el asunto del aborto no es ni nuevo ni insoluble. El aborto ha existido desde que existe en los humanos el embarazo, producto de una aventura, un amorío, el explícito deseo de preñarse, el plan de hacerlo, la ignorancia para evitarlo, el deseo improvisado, el plan de consumarlo o producto de un accidente, borrachera o cachondez que puede involucrar varios elementos de lo aquí escrito.

Esa confusión me obliga a fijar una postura que espero sea compartido por mis pocos lectores.

Solamente hay dos clases de abortos: el que se realiza legalmente, permitido por la sociedad, en instalaciones sanitarias adecuadas, por personal capacitado para ello. El otro es el que se practica en las lóbregas covachas insalubres e ilegales, por manos incapacitadas para ello y en las circunstancias de mayor peligro para la madre.

No hay más que dos sopas: la de fideos y la de jodeos.

En México, el aborto es legal con acotaciones legaloides. Por lo general se acepta si el embarazo es producto de una violación o pone en peligro la vida de la madre. Los veracruzanos retrógradas no están de acuerdo con que la mujer decida sobre su propio cuerpo y se haga practicar un aborto voluntario, limpio, sano y legal. Para ellos, como para una minoría peor que los neoliberales que crucifica verbalmente el presidente López cada mañana, la vida comienza en el momento en que un espermatozoide penetra un óvulo.

De ahí en adelante, dicen, toda interrupción de ese proceso biológico es un homicidio.

No quiero abundar sobre la estupidez misógina que condena a la mujer a pagar la culpa de sus pecados. Creo que cualquier ser pensante está de acuerdo conmigo.

Me preocupa mucho más que el tribunal máximo de la Nación esté cayendo en manos cada vez más retrógradas.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA PORQUE NO ME DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Con todo respeto, Señor Presidente, usted tiene el soberano derecho de nombrar cónsules de México en donde le dé su fregada gana; unos serán diplomáticos de carrera, otros favoritos del sistema. Ni Molina Mora, ni Carlos Fuentes, ni Octavio Paz fueron diplomáticos de carrera cuando fueron embajadores en Washington, París o la India. Amor con amor se paga, ¿no es cierto?

‎felixcortescama@gmail.com

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