Por Félix Cortés Camarillo

No todos los mexicanos conocemos con certeza lo que significa un alimento popular de nuestros paisanos que se llama guajolota.

Se trata simplemente de algo que comienza con un pan de sal que la mayoría llamamos bolillo; en Mérida y el Norte le dicen francés y en todo el país es el sustituto más caro de la tortilla. Pues bien, ese pan que abierto por la mitad es el anfitrión de todo lo imaginable para hacer lo que llamamos una torta, se convierte todas las mañanas en una guajolota cuando partido en dos se rellena con un tamal, gordo mazacote de maíz molido que se cuece al vapor y que dentro lleva un simulacro de carne supuestamente de cerdo o una salsa verde de poco picor o una imitación de nuestro mole. Suele acompañarse con una taza de atole, bebida que no conocían los conquistadores españoles

Carbohidratos encima de carbohidratos, dentro de carbohidratos y empujados por carbohidratos.

Aún así, no es la peor de la dietas del mexicano pobre, aunque sea la más barata. Hay millones de obreros, albañiles, mandaderos, subempleados todos, que tienen como primera comida del día un taco que les llevó su hijo a media mañana, y una soda. Así le decimos en mi tierra al agua carbonatada que generalmente los mexicanos usan para calmar la sed y acompañar sus alimentos. La soda que no tiene saborizantes la usamos los malos bebedores de whisky: los adoradores del legítimo licor de malta lo toman con agua simple.

En todo caso, la confluencia de las guajolotas y los azúcares que ingerimos diariamente tienen mucho que ver con el alto índice de obesidad que se registra en México. Eso no se puede negar.

Lo que tampoco puede aceptarse es el simplismo de atribuir a esos hábitos alimentarios la tragedia sanitaria y económica que los mexicanos estamos sufriendo, como el subsecretario de salud López-Gatell, favorito del régimen actual, dice un día sí y otro también calificando a las sodas como veneno embotellado. No todo es culpa de la campaña publicitaria de “la chispa de la vida” que lanzó la Coca Cola. Nadie le pone una pistola en la cabeza a nadie para que la necesidad que su cuerpo tiene de azúcares o harinas las satisfaga como dice la publicidad.

Yo estoy totalmente de acuerdo con el presidente López en que todos los problemas sociales deben ser combatidos en sus raíces. La mórbida obesidad, el crimen, la violencia, tienen su raíz en la pobreza y la injusticia. Sacrificar a las papas fritas y a mi bebida favorita para la Cuba Libre, es hacerse tonto solo.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿promover el béisbol es más importante que abrir los teatros en el país?

‎felixcortescama@gmail.com

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