Por Félix Cortés Camarillo

Recordaremos el 20-20 como decía la reina Isabel Segunda de Inglaterra como un annus horribilis. Ella lo calificó al 1992 en noviembre, y tenía ciertas motivaciones para despreciar ese año en particular: entre otras cosas, en ese año horrible su nuera Sarah dejó al príncipe Andrew; su hija Ana se divorció de Mark Philips y la más famosa de sus parientes políticos, Diana de Gales, tronó su matrimonio con Carlos, el heredero del trono. Una pinche islita africana que se llama Mauritius abandonó al Reino Unido y se hizo república, y por si fuera poco, a la hoy muy viejita reina se le quemó el castillo de Windsor.

Nosotros, que no tenemos estirpe real, sí tenemos motivos de duelo para ponerle el apodo ominoso a este año.

Cualquiera diría que estamos dolidos por los cubrebocas, el aislamiento, la carencia de futbol, cines y teatros y la sorpresa que está a la vuelta de la esquina en la forma de la muerte de un vecino, conocido, amigo o incluso pariente.

En realidad, se trata de la suma de todos esos factores que han transformado nuestra existencia cotidiana, en la que la preocupación fundamental es no morir, ni que alguno de nuestros íntimos tenga esa siniestra decisión. Dos horas después descubrimos que cien mil cadáveres -que es lo mínimo que se pronostica para las fiestas patrias- no son nada, diga lo que diga el doctor López-Gatell. En ese momento leemos las noticias de las empresas pequeñas y medianas que están bajando la cortina y despidiendo al personal, que anda por ahí sin poder pagar la renta, la luz, el mínimo salario y además llevar el chivo a la casa.

Todos nos divertimos inventando sobre la pandemia la creencia de que “esto se va a acabar algún día”. Supongamos los optimistas que efectivamente así es. A lo que no hemos dedicado tiempo es a pensar “¿ y entonces qué?”. Toda la vida crecimos en la convicción de que el futuro está en nuestros hijos, como nos enseñaron papá y mamá, y que la escuela -el saber- es el mejor camino para ello.

El asunto aquí es que están quebrando en el mundo no solamente factorías, talleres, estanquillos o lavanderías. Está quebrando el sistema educativo. Nuestro futuro. En el muy lejano surgimiento de la clase media, el desfase que se dio gradualmente en nuestro país hizo que las capas emergentes de la sociedad, y que podían pagarlo, metieron a sus infantes en las escuelas que se llamaban “privadas” mientras otros íbamos a las “del gobierno”. Hoy se nos está diciendo con cautela que las escuelas privadas ya no tienen alumnos que se inscriban y paguen su mensualidad, seguros, uniformes y etcéteras. Los padres están volviendo los ojos a las escuelas del gobierno.

El problema es que esa distribución de la clientela finalmente aligeró al sistema escolar del gobierno de cierto importante número de alumnos, que hoy regresan a tocar la puerta buscando refugio. La pregunta es ¿tiene el Estado pupitres, aulas, escuelas, bebederos, baños, maestros suficientes para esta nueva e inevitable demanda?

Aún con la complicidad de la televisión.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, el narco-estado debe ser perseguido penalmente. Digo.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.