Por Francisco Tijerina Elguezabal

“La gente tiene miedo de enfrentarse al hecho
de que gran parte de la vida depende de la suerte. Da miedo pensar que hay tantas cosas fuera de nuestro control,” // Woody Allen

Una abogada salió ayer a festejar que ya estaban abiertos los restaurantes y posteó en su muro de Facebook lo siguiente: “Hay quienes prefieren estar encerrados y muertos en vida… yo prefiero vivir cada día al máximo. Ya abrieron los restaurantes!!!. Ventajas de NO tener comorbilidades (obesidad, diabetes o hipertensión arterial, tabaquismo o problemas pulmonares), no ser adulto mayor (de 60 o más), y no tener religión (son los que más le temen a la muerte). Oigan… yo sí me amo!!! Y mucho. Saludos y salud”.

Luego de leerle no supe, como don Pedro Ferriz Santacruz, si ponerme a reír, a llorar o a rezar.

Porque difiero de la miope visión de la señora por muchas razones.

En principio porque el virus no respeta edades (por caridad del señor, en nuestro tiempo tener 60 años no te hace un “adulto mayor”) y porque tampoco elige únicamente a quienes pudiesen tener cierta predisposición, ya que por igual ha MATADO ya a bebés y personas absolutamente sanas.

Si los segmentos de población que la mujer señala como de riesgo estuviesen mundialmente probados, desde hace mucho las autoridades habrían ordenado su restricción absoluta a la convivencia; han dicho, sí, que pueden tener un mayor riesgo, pero esto aún ni siquiera está comprobado y lo que sí está probado es que a cualquier, en cualquier momento, le puede dar.

La actitud, ojo con eso, me parece totalmente miope e irresponsable, porque es una invitación a los demás a seguir un ejemplo que va en contra de todas las recomendaciones médicas y científicas. Es también una invitación a los más jóvenes a continuar con su manera de actuar al acudir a antros y reuniones que, está comprobado, es la fuente más fuerte de contagio de sus propios familiares, ya que al volver a casa llevan el virus que ataca a los mayores.

Cada quien es libre de morir de lo que quiera, siempre y cuando en su decisión no se lleve por delante o involucre a otras personas que no tienen vela en su entierro y es ahí donde la abogada comete su pecado, porque bien puede pasearse por donde quiera sin usar cubrebocas y sin lavarse las manos, pero que lo haga sola y vaya y no tenga contacto ni con otras personas y no contamine otras superficies susceptibles de ser tocadas por terceros.

Más que el virus, lo que mata es la falta de cultura y de conciencia, el pretender que “a mi no me va a pasar nada” y no tomar en consideración que cualquiera se puede convertir en un paciente activo que de manera asintomática puede contagiar a muchas personas. No es un asunto de amor por si mismo, sino un acto de responsabilidad con su propia vida y la del resto de las personas.

Si se la quiere jugar que se la juegue, pero que no embarre a los demás.

ftijerin@rtvnews.com

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