Por Félix Cortés Camarillo

Cuéntame una tontería

Cuando llegue la agonía

Aute, Cuéntame una tontería

Me queda perfectamente claro que hablar del discurso de ayer del presidente López es al mismo tiempo inevitable como inane. Inevitable porque resume el pensamiento y la voluntad del hombre más poderoso de nuestro país y de cuyas decisiones, caprichos y obsesiones depende nuestro presente y nuestro futuro. Inane -eso quiere decir vano e inútil- porque eso equivale a llover sobre mojado.

He escuchado -o a la distancia leído- los informes de doce presidentes constitucionales de México, fragmentados o íntegros: desde Miguel Alemán Valdés hasta Andrés Manuel López Obrador.

A pesar de que todos adquirieron el toque personal de su protagonista, unos de economía verbal, otros de dramáticos desplantes -Díaz Ordaz por lo de 1968 o López Portillo por el perdón a los pobres- todos mantuvieron un esquema inevitable y de gran prosopopeya: en todos los casos un recuento de supuestos logros que en ningún caso el pueblo que escucha la perorata puede corroborar como ciertos. La danza de los millones, solíamos llamar a los informes, en los que durante muchos afortunados años, la prometida partida para la educación del siguiente presupuesto, muy vecino en tiempo, era mayor que el de la defensa. Cierto o no cierto, dejaba una grata sensación esa práctica que en los últimos sexenios se abandonó.

Pero estábamos en lo inevitable: los minutos que se tomó el presidente López en leer su mensaje ante selectos invitados y los bobos que lo vimos por televisión.

Si a mí me hubieran preguntado, yo les hubiera sugerido que escogieran cualquiera de las conferencias de prensa matutinas del presidente y se las pasaran por los canales que quisieran.

No dijo una sola cosa nueva: la corrupción ya no existe pero hay que acabar con ella; la economía está a toda madre diga lo que diga el secretario de Hacienda, de la pandemia estamos saliendo aunque ya llegamos a los 65 mil muertos oficialmente contados, Trump, we love you, la seguridad sigue firme y Viva México. Si hubieran repetido cualquier conferencia de prensa matutina, hubieran sudado menos los invitados al patio de Palacio Nacional.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿ya buscó en el tumbaburros el significado de arrogancia? Porque usted ayer llamó arrogantes al Fiscal General de la República y al Presidente de la Suprema Corte de Justicia. Dice usted que ellos fueron invitados a escuchar su mensaje que se nombra segundo informe (sin que se pronunciara en el pleno del Congreso) tuvieron la “arrogancia” de sentirse libres. Si eso es así, hay millones de mexicanos que aspiramos a la arrogancia.

‎felixcortescama@gmail.com

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