Por Obed Campos

Con dos o tres clicks en la Internet, averigua uno que el Buró Federal de Investigaciones, o FBI, fue fundado por nuestros vecinos del norte en el año de 1908. La otra agencia, que sirve como policía al servicio del presidente norteamericano y se encarga de investigar delitos muy especializados como la falsificación de billetes, es el Servicio Secreto y fue fundado en 1865.

La Agencia Central de Inteligencia, o CIA, fue fundada apenas pasó la Segunda Guerra Mundial, en 1947.

Qué tienen en común estas corporaciones gringas, aparte de exitosas, pues que todas, salvo el FBI, nunca han cambiado de nombre, ni de rumbo.

John Edgar Hoover, el padre de lo que conocemos como FBI moderno, llegó a la dirección de esa corporación en 1935, y permaneció en el mando durante treinta y siete años.

¿Cuál era su secreto? El hombre sabía acopiar y administrar información. Era un archivero con patas, podría decirse.

Contrario a esta fórmula, acá en México, más o menos del presidente Zedillo para acá, cada inquilino de Palacio Nacional ha renombrado a las policías federales a como Dios le ha dado a entender, dizque para mejorar el rumbo.

Los resultados no necesito platicárselos, porque los miles de muertos que ha dejado la crisis de seguridad que ya va por su cuarto sexenio en México, son muestra de lo mal que nuestras autoridades hacen y deshacen.

La Guardia Nacional ya va para dos años de su estreno en México y entre sus encargos está el de vigilar las carreteras.

¿Sabe usted cuántas patrullas de esa corporación he visto por la Carretera Nacional, en mis salidas de fin de semana?

Exacto, ni una.

En seguridad, el hábito sí hace al monje, pero el nombre no es lo de menos.

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