Por Efrén Vázquez Esquivel

Al hacer uso del rótulo de intelectuales, académicos y artistas en un desplegado contra AMLO, estigmatizado desde hace 20 años como “Un peligro para México”, precisamente por la mayoría de los que ahora como oposición dicen sentirse estigmatizados por el discurso del presidente, al parecer busca los siguientes objetivos:

Hacer crecer la idea que circula en las redes sociales de que el voto irracional de los incultos, el de los encabronados con el PRI y el PAN, el de los que tienen una muy baja escolaridad y el de los descerebrados, fueron los que le dieron el triunfo al hoy presidente; y que ellos, los intelectuales y quienes poseen una alta escolaridad, no votaron por él ni pueden estar de acuerdo con su gobierno, por ser un desastre.

En lo que sigue analizaré el desplegado de los intelectuales publicado el viernes pasado, intitulado “En defensa de la libertad de expresión”; pero antes, debido a la importancia de la crítica en el ejercicio de gobierno y en la vida democrática y, para tener claro de qué tipo de crítica se habla en cada caso concreto, quisiera recordar que esta palabra, proveniente de la voz griega κριτικος (kritikos) tiene tres significaciones; pero son dos las que hay que aclarar aquí: crítica como capacidad de juicio y como censura.

En su primera significación, crítica se refiere a la «capacidad de juicio», o capacidad para dirigir el entendimiento por un camino que arribe a una verdad. Por lo tanto, si la crítica es tal, forzosamente tiene que ser un pensamiento que se dirige a lo tenido como verdadero, o correcto, con el propósito de superarlo.

El objetivo de la crítica en esta significación, es provocar un diálogo racional para tratar de llegar a un acuerdo sobre algo, y en este tipo de diálogo, caracterizado por ser un proceso de preguntas y respuestas con orientación y sentido, quienes participan en él, sea de manera oral o por medio de escritos publicados en forma de libros, periódicos y revistas, etc., tienen que argumentar; es decir, tienen que dar buenas razones de lo que se niega o se afirma.

Por el contrario, en la crítica en su significación de censura, por ser ésta la negación de la razón (sea porque se defienden intereses inconfesables, dogmas inamovibles, o debido al extravío de la razón, por ejemplo), se rechaza todo aquello que choca con los intereses de la ideología, religión o la moral que se profesa, o los intereses económicos que se defienden, etc.

Y como lo que se busca en este tipo de crítica no es un acuerdo sobre algo (o una verdad que surja del diálogo racional), sino desaparecer al contrario para que el vencedor imponga su verdad, no se tiene escrúpulos en recurrir al método de mentir para rebatir. Tergiversar hechos, calumniar, injuriar, todo se vale como recurso del método, si se logra alcanzar el fin planeado por los estrategas de la crítica como censura en la real politik.

No se trata de desaparecer a ninguna de las partes de la controversia sobre el destino de la nación, sino de encontrar los causes para arribar a un diálogo racional que posibilite fortalecer y acrecentar la vida democrática del país, para que las izquierdas y las derechas se alternen en el gobierno sin aspavientos, sin la amenaza de incendiar la casa de todos.

Lamentablemente, en el desplegado de las más de 650 firmas no aparece una crítica en el sentido de capacidad de juicio contra el gobierno de AMLO, que es lo esperable y deseable de un grupo de intelectuales, académicos y artistas, sino sólo una crítica en su significación de censura; por ende, ayuna de argumentos, fundada en una docena de mentiras, entre las cuales resalta la temeraria afirmación de que en México se censura a los medios independientes y que el presidente ha advertido a sus críticos, cosa que jamás podrán probar, que la opción que tienen es que se callen o dejen el país.

Preocupa que este grupo de intelectuales no asuma el papel que les es propio: hacer la crítica, en el sentido de capacidad de juicio, contra el gobierno.

Es triste que el discurso de este grupo de intelectuales, en nada difiera del discurso del fanático y desquiciado Gilberto Lozano, ex alto ejecutivo de FEMSA, ahora líder del movimiento FRENAAA, quien sin importarle las leyes que nos rigen ni los millones de ciudadanos que no piensan como él, tiene bloqueada una de las principales avenidas de la ciudad de México, y dice que no la desbloqueará hasta que no se cumpla su única demanda: que renuncie el presidente.

El núcleo de la discursividad del discurso de estos intelectuales, en el desplegado del viernes pasado, es que “la libertad de expresión está bajo asedio en México”. Y que “con ello está amenazada la democracia”. Lo primero, es absolutamente falso. Con base en los argumentos que más adelante expongo, sostengo la tesis de que nunca antes en México la libertad de expresión había brillado con tanto esplendor. Lo segundo, referente a que la democracia está siendo asediada, es parcialmente verdadero.

¿Cómo se puede decir que la libertad de expresión es asediada por el presidente, imponiendo censura y sanciones administrativas a medios, si, en honor a la verdad que en este caso estos intelectuales desprecian, ni siquiera a TV Azteca se le impuso una sanción cuando su dueño, a través de medios impresos y desde la señal del canal 7, desafiando la contingencia sanitaria y la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, entre otros ordenamientos jurídicos, convocó al público en general a que no se le hiciera caso a López-Gatell.

Este hecho, al no tener como respuesta revocar la concesión o por lo menos imponer la más mínima sanción, mostró a un presidente débil ante un grupo del poder económico que se resiste a perder sus privilegios; pero, de haber impuesto la más mínima sanción, hubiera sido suficiente para que, con el apoyo de los intelectuales del gran capital, que antes eran intelectuales orgánicos del Estado, dieran por probado que AMLO es igual que Maduro.

La única sanción que se ha impuesto a un medio es a la revista Nexos, consistente en inhabilitación por dos años para recibir publicidad del gobierno; pero con apego a derecho y no por el contenido de sus publicaciones —las cuales sigue haciendo—, sino porque su dueño hizo uso de documentos apócrifos para acreditar ante el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores, que no tenía adeudos con dicha institución, por medio de lo cual obtuvo contratos con el gobierno federal por alrededor de 80 millones de pesos.

Parece ser que los intelectuales firmantes del desplegado son pobres de pensamiento, olvidan pensar que la democracia, que según ellos se encuentra en peligro con AMLO, es, por antonomasia, debate permanente entre los representantes de las diferentes ideologías que luchan entre sí por el poder político.

Y en todo debate hay conjeturas y refutaciones, es decir, juicios de hecho y/o de valor, sentencias, opiniones encontradas. ¿O sólo los ciudadanos gobernados podemos refutar al presidente y él, aun teniendo la mayoría de los medios en su contra, distorsionando la verdad todos los días, no puede hacer refutaciones?

Nunca antes la democracia había estado en mejores posibilidades para desarrollarse cualitativamente, y no sólo porque varias leyes se han reformado para fortalecerla, entre éstas la reforma que institucionaliza la revocación de mandato. ¿Cuándo antes un periodista cualquiera podía interpelar al presidente, cuestionarlo, censurarlo, espetarle sus verdades frente a frente?

Lo segundo es parcialmente verdadero. Es cierto que la democracia está asediada; pero no por el gobierno de la 4T, el cual en menos de dos años ha creado leyes para fortalecer, ampliar y acrecentar cualitativamente la vida democrática del país, sino más bien por el grupo político de priistas y panistas (aclaro, no todos los priistas y panistas) que históricamente han visto un buen negocio mezclando la función de gobernar con la de los negocios y la industria de todo tipo, procedimiento mediante el cual, y en algunos casos sin dejar huella de corrupción, recurriendo para ello al método de la corrupción legal, se han amasado fortunas.

Después de más de 40 años de haber comenzado a andar por el camino de la democracia, con la reforma política de López Portillo, ésta sigue estando en ciernes, es decir, en camino de realizarse cualitativamente, para lo cual se precisa de una cultura democrática.

Para que ésta exista, se requiere, a la vez, que se sustituya en los debates de todo tipo el uso de la crítica en su significación de censura y se asuma el de la crítica en su significación de capacidad de juicio; y por supuesto, para racionalizar la praxis política es necesario también que el presidente ponga la parte que le corresponde, en lo referente a los ingredientes que pide el diálogo racional.