Por Carlos Chavarría

Lo que le debe preocupar no es la marcha sobre el zócalo del grupo dirigido por Gilberto Lozano, como tampoco la salida que le dará López Obrador a su hablada de renunciar si se le juntaban 100,000 personas en su contra, eso es un callejón sin salida y su conclusión   será la burla y el escarnio.

Como acostumbra concluirá con que Lozano no es más que un sirviente de los conservadores que quieren a fuerza que sus privilegios y fueros regresen pero que el pueblo bueno no lo permitirá, y etc., etc., etc..

Lo preocupante es la trampa que le puso a la Corte Suprema y que fue respondida con una extensión del proceso para desprestigiar a tan importante poder público. La corte resolvió por donde “ellos” perdían menos, pero tantos abogados de prestigio y conocedores no pueden estar equivocados, perdió México.

Más temprano que tarde veremos ataques directos a los ministros de la corte para anular sus determinaciones (“Al diablo con sus instituciones!”) y aún sin la corte él hará su consulta para el linchamiento de los ex presidentes, como fue aquella toma de posesión en el mismo zócalo  de su antes legítimo gobierno.

López Obrador quiere estar presente  en las  campañas  electorales del 2021 a como dé lugar pues sabe que MORENA no está consolidada como partido político. Sin la influencia mediática y el carisma vernáculo  del presidente, este partido no es nada.

Lo más duro de los efectos económicos  de la pandemia ocurrirá en el primer semestre del 2021 y la única oportunidad que tiene es ahora para insertarse en el proceso electoral.

La Corte Suprema inducirá  con su resolución lo peor del poder presidencial y habrá despertado el lado represivo  del sistema callista que tanto le gusta a López Obrador. FRENAA solo es una piedra en el zapato.

Estamos en medio de un proceso no acabado de transformación del poder público que le resta poder al presidente para equilibrar y forzar el debate desde el parlamento, pero López Obrador va por el renacimiento del “Ogro Filantrópico” para devolverle al Estado presidencialista  la hegemonía sobre todos los asuntos públicos.

Estamos ante un punto de inflexión histórico para  completar en paz la reforma del sistema político mexicano y de su más nefasto elemento, el poder presidencial absoluto, siempre sujeto a las veleidades personalíticas del ocupante en turno de la gran silla.

No se trata de que se vaya este o el otro, porque cualquiera volvería a poner en riesgo la república, sino de avanzar hacia gobiernos de coalición o profundizar el parlamentarismo, así como por fin transparentar, de verdad, los manejos del dinero publico.

La historia política de México está llena de traiciones, esqueletos y retrocesos para los que ya no hay ningún margen de maniobra o tolerancia alguna.