Por Félix Cortés Camarillo

Tal y como se había profusamente difundido, anoche el presidente Donald Trump durmió en su recámara de la Casa Blanca, con todos los cuidados y precauciones que el aislamiento nos ha impuesto a millones de seres humanos en el mundo. Su contagio del Covid 19, real o simulado, ha sido indudablemente leve, casi asintomático. Sólo así se entiende el paseo en camioneta -cubrebocas incluido- que el presidente Trump se dio el domingo para saludar a sus partidarios que aplaudían su paso.

Independientemente de que la afectación de la salud del hombre más poderoso del planeta debe ser preocupación de todos los seres humanos, suele tener un impacto en el comportamiento de las bolsas de valores y en general de la economía de los países. Pero además, pone sobre nuestra mesa colectiva la interrogante sobre la salud de nuestros gobernantes.

Adolfo López Mateos, uno de los más populares presidentes de México, pasó los últimos cuatro meses de su ejercicio encamado, luego de haberse casado por la iglesia con su amasia de seis años Angelina Gutiérrez, mucho más joven que él, con quien tuvo dos hijos. La madre y los pequeños no pudieron volver a ver al presidente, porque doña Eva Sámano, con quien nunca se casó, cerró las puertas de las casas de San Jerónimo, donde don Adolfo sufría las consecuencias de siete aneurismas cerebrales que le causaban migrañas dolorosas.

Las funciones del presidente, para efectos prácticos y nunca mencionados en público las ejerció su secretario particular, Humberto “el Chino” Romero, con discreción. Dos años después el presidente falleció.

El asunto es que los ciudadanos de muchos países no estamos enterados ni tenemos derecho a estarlo, del estado de salud de nuestros mandatarios. Ni siquiera sabemos de qué operaron en el cuello a Enrique Peña Nieto o si Felipe Calderón tuvo un resfrío serio.

Ya no se diga de la salud mental. La opinión generalizada es que si sometiéramos a los mandatarios de muchos países a exámenes de salud mental nos íbamos a llevar una sorpresa.

Eso es colateral: si todos sabemos que todos habremos de morir algún día, las leyes de todos los países debieran estar afinadas para qué es lo que se debe hacer cuando el primer mandatario, ni lo quiera Dios, nos deje en esta tierra.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿cómo se cuentan los que llenan un Zócalo y cómo los que lo medio llenan?

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