Por Félix Cortés Camarillo

Hace muchos, pero muchos años, cuando yo era un huerco que no había pisado todavía su primera escuela, mi papá me llevaba al mercado Juárez, en mi pueblo grandote que ahora ya no es pueblo sino una de las ciudades más importantes de México, donde él trabajaba, y me dejaba corretear y curiosear por los andadores de la nave. Mucho después, mi madre me contó que el coscolino de su marido me llevaba como anzuelo para que las damas jóvenes le preguntaran si él era quien había engendrado tan hermosa criatura, y él diera rienda suelta a su concupiscencia.

Yo no voy a dudar aquí de doña Guadalupe. Que en gloria está.

Pero mi tema era otro. Cierto día, en mi deambular por los puestos del mercado un marchante -que los mexicanos inventamos del francés merchant– me dijo: ven acá niño, y disparó inmisericorde: ¿tú sabes cuánto es dos y dos? Pos claro, le dije. Dos y dos son cuatro.

“Estás absolutamente equivocado chamaco, respondió. Todo depende si vendes o compras. Si compras, dos y dos son tres; si vendes, dos y dos son cinco. Nunca son cuatro”.

Esa fue la primera lección de matemáticas que recibí en mi vida y que hasta el último día de mi existencia no voy a olvidar. De pasada, fue una mínima introducción a la teoría de la relatividad, que me parece andaba en mis tiempos de chiquillo también en pañales. Que me perdonen don Albert Einstein y todos los profesores que tuve en todas mis escuelas que pretendían enseñarme matemáticas.

Detrás de la simpleza de la enseñanza se esconde el hecho de que cuando los números entran a nuestra existencia, pierden su valor intrínseco: todo depende de quien hace las cuentas.

A ver: el sábado pasado -tres de octubre tampoco se olvida- ¿cuántos manifestantes llegaron a protestar en contra del presidente López en el Zócalo?

Si usted le cree a los organizadores de las dos o tres marchas diversas, entre ellas una cristera repugnante, fueron más de ciento cincuenta mil. Si usted le cree a la señora Scheinbaum, que gobierna la capital del país, fueron cinco mil. Si usted le cree a su propio criterio sabe que los dos mienten y exageran en una dirección u otra.

Si usted me cree a mí, yo le digo que fueron muchos.

Muchos, al igual que pocos, son números informales y discrecionales que por lo mismo suelen ser muy exactos. Muchos, pueden ser doscientos o un millón. Pocos, pueden ser veinte o mil.

Todo depende de quien vende y quien compra.

El mejor ejemplo de esta relatividad de la numerología lo ha dado el vocero favorito del presidente López: desde el inicio de la pandemia se le ha hecho bolas el engrudo con el número de infectados de COVID 19, el número de hospitalizados y especialmente el número de muertos, siempre vago. Todo depende de quién nos cuenta los números. De gente en el Zócalo, de votos en las urnas, de muertos en los crematorios.

Yo les dejo a ustedes, con toda la candidez del huerco que caminaba por los andadores del mercado Juárez de mi pueblo grandote, hace muchos, pero muchos años, la pregunta: ¿cuánto es dos y dos?

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿No tiene usted cosas más importantes que hacer en vez de darles consejos de organización a su ridícula oposición?

‎felixcortescama@gmail.com