Por Carlos Chavarría

Será por las facilidades y popularidad de las redes o  por la poca profundidad de pensamiento que nos caracteriza como sociedad que  la verdad acaba por diluirse en la masa de la información electrónica, pero hemos convertido al activismo en la salida preferida por cualquier corriente y grupo en detrimento de lo conductos formales e institucionales para conducir el conflicto social.

El Estado se reduce a organizar las marchas, manifestaciones, bloqueos, campamentos  y plantones para evitar que ocurran colisiones de grupos, hasta que el método mismo se desgasta y pareciera que desaparecen  la causas por envejecimiento o inanición, otorgándole de pasadita una legitimación  gratuita  y no pedida de todo el sistema.

Todos los temas son buenos para organizar cualquier tipo de activismo, desde la defensa de las gallinas que son violadas para que tengamos huevos en la mesa, hasta francos ataques contra la vida, como las personas pro aborto, todos aprovechan la “libertad del momento” para según ellos actuar en busca de alguna reivindicación.

En medio de esa confusión de razones, eslogans, pintas y gritos, donde ya entraron Colón, Cortés, los tlaxcaltecas, el penacho y hasta las peregrinaciones, está metido el activismo político.

Lo cierto es cualquier movimiento que carezca de una raigambre ideológica discernible  para una sociedad  poco afecta al análisis y que no se reposicione frente al  discurso oficialista, no resultará  adoptada por las masas de electores, por más utopías, miedos o evocaciones que  traten de inspirar en el público observador de cada movimiento.

Más complejo resulta cuando desde los gobiernos ya se tomaron la decisión de  atender y apostarle todo a un solo segmento del público de interés electoral en lo particular y abandonar todo el resto de la sociedad, como es el caso actual en México.

En las sociedades modernas, vulnerables ideológicamente por causa de la enorme desigualdad, es fácil predecir el resultado: el discurso oficial ganará el apoyo que necesite para consolidarse.

El activismo opositor alejado de los partidos políticos y armado con un programa de acción creíble y practicable no es sino una forma de infantilismo político. Si ese activismo además surge de las clases en los extremos socioeconómicos es fácil para el régimen cooptarlos y detener su avance [“El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”, Rousseau].

 A pesar de la pandemia, el régimen de gobierno de México no pierde de vista sus públicos electorales, en tanto el activismo desde la sociedad y los partidos de oposición no encuentran un reposicionamiento frente a un discurso que por su simpleza y maniqueísmo siempre “tendrá la razón “ y tiene todas las banderas y todas las causas aglutinadas, tal como fue el éxito del viejo PRI.

“Mientras el gobierno y las leyes proveen lo necesario para el bienestar y la seguridad de los hombres, las ciencias, las letras y las artes, menos despóticas y quizá más poderosas, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas que los atan, anulan en los hombres el sentimiento de libertad original, para el que parecían haber nacido, y les hacen amar su esclavitud y les convierten en lo que se suele llamar pueblos civilizados. La necesidad creó los tronos; las ciencias y las artes los han fortalecido”. El Contrato Social, Juan Jacobo Rousseau.